Recorre como cada noche el largo camino que hay entre el portón que da a la calle y la oficina de guardia. Avanza sin esquivar los pozos, hundiendo en el barro las hojas podridas. Desata el nudo de alambre de la puerta, sacude la inmundicia pegada en sus botas y, antes de encerrarse, echa una puteada al aire. Desde algún lugar de la oscuridad le responde un coro desaforado de ladridos. Hernández revisa la multitud de sus bolsillos hasta encontrar la vieja navaja que siempre lleva consigo. Entre boletos arrugados y algún billete rescata un cacho de tabaco envuelto en papel de diario. Lo pica con paciencia desarmando aquella masa pegajosa y negruzca sobre unas chalas resecas y arma un cigarro criollo. Lo enciende con dificultad, gastando más fósforos de los que debería. Llena sus pulmones con dos grandes bocanadas de humo. Carraspea intentando aclarar la garganta y escupe con asco el piso. De inmediato, resurge una tos seca que creía superada. Masculla nuevos insultos mientra...
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