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| De Ana Sofía Güémez, creadora de Pedazos y Recortes. Guadalajara, México | |
Los amigos no son la familia y no son los compañeros del laburo.
¿Podemos ser amigos de nuestra pareja? ¿Podemos forjar una amistad con quienes pasamos entre seis y ocho horas de nuestros días? Por supuesto, claro que sí.
Pero la amistad como tercer lugar implica un tiempo y un espacio exclusivo para ella, que abramos la agenda y salgamos de la rutina de la gestión doméstica y las tareas pagas.
La primera amistad, la de la pareja, incluso la que se enuncia tener con los hijos, peca de una endogamia peligrosa. Se encierra en un sistema de valores, de experiencias compartidas que no admite fisuras y que distancia al que no es del clan. Aunque para cultivarla nos vayamos de viaje o a la playa, seguimos como en casa.
La segunda creo yo es posible pero lejos del escenario laboral. Los after office, el fútbol cinco, pueden funcionar como una dislocación que abra el juego a hablar de nosotros mismos, de nuestros deseos y nuestras inquietudes más allá del expediente que estamos trabajando en conjunto. Fuera de la oficina y fuera de los temas de la oficina.
La amistad como tercer lugar nos da permiso para romper la rutina, para dejar de cuidar a otros que dependen de nosotros y para permitir que nos cuiden y mimen manos que no son de nuestras madres ni de nuestras parejas.
La amistad como tercer lugar permite desnudarnos, despojarnos de temas tabúes y mostrar nuestras miserias más recónditas sabiendo que del otro lado no habrá condena.
Y cuando una amistad desaparece, se quiebra sin motivos explícitos y solo parece diluirse… mil imágenes aparecen. El fuego necesita ser alimentado, la planta necesita agua y tierra amorosa. Pero al mismo tiempo si ese fuego anda de leña mojada o la planta anda con la tierra apretada no hay tutía…
Como ya no encuentro en mi interior palabras que me permitan traducir ciertas grietas del corazón las busco en otras mujeres y por una cuestión rizomática me llegan dos textos pertinentes:
Dice Marina Garcés:
“Ya no creamos comunidades de amigos, sino burbujas de iguales. Me pregunto en qué medida confundimos la necesidad de seguridad con el deseo de amistad. Los amigos nos pueden dar apoyo o acompañamiento porque son prácticas que vemos desintegrarse en otros ámbitos de lo social, lo laboral o lo familiar. Pero cuando la amistad es vista como una terapia, esta idea de “mis amigas son mi salvavidas”, se apuesta por una reducción de la aventura de la amistad en sí misma. La finalidad de la amistad no es anestesiarnos de nuestros miedos, sino poder perderlos juntos.”
Y Marguerite Yourcenar en su Cuaderno de notas a las Memorias de Adriano escribía:
“[…] aun la dedicatoria más extensa es una manera bastante incompleta y trivial de honrar una amistad fuera de lo común. Cuando trato de definir ese bien que me ha sido dado desde hace años, advierto que un privilegio semejante, por raro que sea, no puede ser único; que debe existir alguien, siquiera en el trasfondo, en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación útil y que se obstine en seguir consultándonos cuando ya hayamos renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros, con igual fervor, los placeres del arte y de la vida, sus caminos siempre insólitos y nunca fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos”.
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| Otra belleza de Ana Sofía |
Y de banda sonora les dejo el bálsamo de la uruguaya Papina de Palma


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