Cuando hablamos de “metacine”, estamos haciendo referencia a aquellas películas que son autorreferenciales en relación al cine. Este tipo de historias son, por lo general, autorreferenciales sobre aspectos puntuales de géneros o de la industria en general. Un ejemplo paradigmático de esto es el de “Scream” de Wes Craven, la que, tomando como base las reglas del slasher, redefinió y revivió a este subgénero del terror. En estos días se estrenó en salas de nuestro país la película “Teenage Sex and Death at Camp Miasma” (Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma). Otra película que toma al subgénero slasher para contar su historia metacinematográfica, pero de forma muy diferente a la película de los noventa de Craven.
Dirigida por Jane Schoenbrun, quien anteriormente dirigió
“I Saw the TV Glow” (2024), película que junto a su más reciente estreno
muestra el sello autoral que la directora establece en su obra, tanto desde el
punto de vista temático como desde el visual. Las protagonistas de esta nueva
película son Hannah Einbinder, quien interpreta a “Kris”, y Gillian Anderson,
que da vida a “Billy”.
La historia nos presenta a “Kris”, una directora queer de
cine indie que es seleccionada para realizar un remake de un slasher cuya saga
comenzó en los ochenta con la película “Camp Miasma”. Historia que, tras su
éxito, fue sobreexplotada hasta que pasó al ostracismo, como ocurrió con muchas
películas de este subgénero de esa época. Con el fin de ir adentrándose en la
historia y tratar de buscar el nuevo rumbo, “Kris” viaja para encontrarse con
la primera “final girl” de esta saga, “Billy Presley”, quien se retiró de la
actuación luego de protagonizar esta película. Para encontrarla, “Kris” se
traslada al lugar donde se filmó esta película, ya que es ahí donde vive.
Con todos estos elementos, lo primero que piensa el espectador, sumado a lo visto en el tráiler, es que está en presencia de un slasher tradicional, en el que, una vez planteada la situación y los personajes, comienzan a caer las muertes a manos del asesino de turno. Lejos de esto, esta película lo que mejor sabe hacer es adaptar la atmósfera de este subgénero para que, mientras esperamos que la matanza comience en cualquier momento, la película va por otro camino. Con una propuesta totalmente metacine a lo largo de todo su visionado, el espectador es testigo de una serie de ideas que enriquecen esta historia y que harán que la experiencia sea muy enriquecedora.
Desde el momento en que las protagonistas se conocen,
estamos esperando que el caos se vaya desatando. Tanto la banda sonora como la
puesta en escena parecen indicar esto, pero, a medida que el espectador ve cómo
se va desarrollando la relación entre ellas, logra conocerlas mejor y
comprender que el enfoque de la directora va por otro camino. Desde su primer
encuentro, vemos un análisis claro sobre la situación en la que se encuentra la
industria cinematográfica en la actualidad. Se plantea cómo funciona y los
problemas que se generan en virtud de ello. Por
otro lado, tenemos lo que sería el choque entre el enfoque actual que se busca
al encarar un proyecto de terror frente a lo que se buscaba, por ejemplo, en
los ochenta. Mientras “Kris” representa la tendencia del “terror elevado”, ese
en el que, además de generar miedo, se busca dotar de otros conceptos a la
historia, utilizando al cine de terror para estos fines. “Billy”, por su parte,
representa a la vieja guardia, ese cine de terror que se centraba en generar el
impacto en base al miedo y los asesinatos, tal como expresa en un momento
determinado.
Pero, además, la película no es solamente un análisis de
la realidad de la industria del cine; hay otras ideas que fluyen a lo largo de
todo su desarrollo. Hay una combinación de diferentes géneros bajo el manto de
un slasher. Esta es, a la vez, una película sobre el despertar sexual, la
identidad y, por sobre todo, una historia de amor, la que el espectador verá
cómo nace entre sus protagonistas.
Cabe destacar en este aspecto las interpretaciones de
Hannah Einbinder y Gillian Anderson. Su química traspasa la pantalla, y esto
contribuye en gran medida a que su historia de amor genere empatía en el
espectador. Einbinder, además, contribuye con una interpretación que genera
mucho humor. Este es otro aspecto fundamental de esta película: es divertida.
En cierto momento, vemos una representación de la película dentro de la
película en la que toda la exageración en la sangre y los asesinatos hace un gran
homenaje al género.
La puesta en escena no se limita solamente a recrear la atmósfera de los slasher. En muchos momentos de la película las líneas entre la realidad y la ficción del universo creado en ella parecen difuminarse. Los lugares parecen pinturas de fondo, como si los personajes se encontraran en un escenario. Aquí entra a jugar el surrealismo, el que, en el desenlace, cumple un rol fundamental a los efectos de cerrar la historia y transmitir el mensaje final que se busca.
Lo más interesante de esta película y, por ende, lo más
destacable, es todo el abanico de interpretaciones y temas que se plantean en
ella, ya que, en mayor y menor medida, estos son desarrollados y funcionan en
gran medida. Esto hace que, incluso viéndola en más de una oportunidad, se
puedan seguir descubriendo las diferentes capas que componen esta historia.
Sin dudas, esta es una
propuesta que gustará a muchos espectadores, aunque también puede haber otros a
quienes no les guste. Pero para quienes entren de lleno en lo que propone,
disfrutarán en gran medida esta historia, sus referencias, su humor y las ideas
de fondo que se plantean. El cine, una vez más y como en muchas otras
oportunidades, es un gran vehículo para transmitir ideas, y cuando estas son
presentadas de tan buena forma, el mensaje llega a todo aquel que esté
dispuesto a recibirlo.



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