San Blas
Esta semana devoré el libro "La mala costumbre" de la española Alana S. Portero publicado en 2023. Es una novela escrita en primera persona donde conocemos los devenires de una niña atrapada en un cuerpo que no sabe habitar mientras intenta comprenderse a sí misma y al mundo en el que vive. Una adolescente trans que -spoiler- recién en las líneas finales se anima a salir en su totalidad del armario. El mundo que habita no es el de hoy, sino el de la España post Franco y con una transición que no trata muy bien a los pobres. La protagonista vive en un barrio humilde de Madrid en los años 80-90 arrasado por la heroína y la desidia y poco apego de las autoridades. Su refugio doméstico lo comparte con una madre limpiadora, un padre obrero y un hermano que intenta protegerla como le sale. Al mismo tiempo las paredes y los rellanos de su casa dialogan con otras vidas: con gurises adictos que se mueren antes de tiempo, con viejas solas y hambrientas, hombres golpeadores y un par de mujeres trans que han sufrido en cuerpo y alma los avatares de la exclusión, la explotación sexual y la violencia social. A pesar de todo esto, son esas mujeres y otras más que conoce al salir del barrio y explorar las noches clandestinas en el centro de Madrid quienes la rescatan de la desesperanza, permitiéndole soñar con un mundo de fantasía donde ser mujer sea posible.
Este relato puede entenderse como una novela de aprendizaje, lo que en alemán se llama bildungsroman como el Lazarillo de Tormes, por ejemplo. Aquí el proceso del personaje está atravesado por la búsqueda de su identidad de género, la clase social y la exclusión. Su autora, Alana, es una mujer trans pero eso no significa que nos esté contando su propia vida y eso es algo que le viven preguntando. Como ella misma dice: “es una novela que tiene mucho que ver conmigo aunque no sea exactamente yo”. Visitando a Henar Álvarez een “Al cielo con ella”, el late show de RTVE, reflexiona sobre la presunción instalada de que lo que escriben las mujeres es siempre confesional o autobiográfico como si ellas/nosotras fueran/fuéramos incapaces de crear mundos de ficción despegados de la cotidianeidad. Y cuando esas mujeres autoras llevan además “apellidos” como mujeres afro, mujeres lesbianas, mujeres trans, mujeres feministas, parece mayor el interés de la crítica por minimizar su poder creativo, cosa que no pasa con los señores escritores. Por suerte a muchas nos queda claro que Portero no necesita contar literalmente su propia vida para producir una verdad reconocible sobre las experiencias trans.
Su escritura es hermosa, cargada de metáforas voladas pero también de descripciones muy duras. El libro se lee rápido si se quiere pero recomiendo hacer pausas para pegarse alguna lloradita o simplemente para pararse a pensar cuántas infancias y adolescencias trans andan por ahí sufriendo lo que esta niña a pesar de que aquella España y este mundo que habitamos sean ¿tan? distintos hoy en día.
La otra gran protagonista de esta ficción es la propia ciudad de Madrid. Sus calles, sus barrios, los lugares que describe, habita y transita esta jovencita. Como ya mencioné, la acción comienza en un decadente San Blas pero luego esta joven recorrerá los boliches de Chueca donde conocerá ese otro mundo, el de las y los maricas, el de la sororidad que permite enfrentar al hambre y a la enfermedad que una sociedad pacata produce y condena. Pero también allí sabrá del goce, del baile y las risas. Su primer amor podrá florecer en un bar gracias a la complicidad y buenos consejos de su dueño, luego podrá cambiar de piel y calzar sus tacos en los baños de tantos otros antros. Pero también sufrirá el desprecio y las patadas de quienes se creen dueños de las calles.
En una nota de el diario.es la periodista Elena Cabrera conversa con la autora sobre la presencia de la ciudad en esta novela:
“Los personajes de la noche están basados en personas que Alana S. Portero conoció cuando empezó a salir por Chueca, alrededor del año 1992. Ella tenía 15 años. Mientras camina y habla, mira hacia el fondo de las calles, y su mirada traspasa el tiempo: “Yo sabía que había por aquí mariconeo y salí a buscarlo. Estaba muy asustada pero era muy valiente. Yo conocí esa Chueca que a la gente le daba miedo, la Chueca de los yonkis, de las putas, de que te roban. Pero bueno, yo venía de San Blas. Se decía lo mismo de mi barrio. Había violencia pero a mí no me parecía especialmente sórdida”. Ella asistió a la gentrificación que convirtió la zona en el gran barrio LGTB de Europa, algo que en principio parecía positivo, recalca mientras avanzamos por la calle Barco, “pero se hizo a costa de personas que vivían en el barrio y no se contó con ellas”, expulsando a las mujeres que ejercían la prostitución y dando la espalda a chicos gays drogadictos. “Antes de la cultura gay de Chueca había una subcultura gay en Chueca, subterránea, por eso se eligió Chueca para lo que vino después porque eso ya existía”, dice. También afirma que a esas personas desplazadas nunca se les ha “pedido perdón” o se les ha “reconocido”. Su libro comienza esa especie de reparación pendiente.”
La historia de Chueca muestra que una ciudad puede volverse más visible como espacio de diversidad sin convertirse necesariamente en un lugar más habitable para todas las personas. La pregunta, entonces, no es solo cómo se transforma una ciudad, sino quiénes pueden permanecer en ella, apropiarse de sus calles y vivirlas con libertad. Y esa pregunta también me lleva a Montevideo.
Montevideo
![]() |
| El Pasaje Policía Vieja cambió oficialmente su nombre a Paseo Gloria Meneses el 20/11/24 |
“Las ciudades que habitamos son espacios cotidianos donde se cruzan identidades y realidades diversas. En este contexto la convocatoria invita a las y los participantes a reflexionar y plasmar en sus obras una respuesta creativa a través del audiovisual que responda a la siguiente pregunta: ¿Qué significa hoy construir ciudades libres de odio?”
La convocatoria es para jóvenes de 14 a 29 años que pueden participar con cortometrajes de hasta 60 segundos sobre cómo construir ciudades libres de odio. El plazo de envío es el 10 de noviembre.
La esquina
Cruzar ambas ciudades me hizo pensar en la relación entre lo trans y el concepto de tercer lugar. Para cualquier persona existe la necesidad de un espacio físico de socialización que en el caso de nuestra protagonista es harto difícil de habitar, por lo que durante el día lo doméstico (específicamente su dormitorio o el baño familiar) es el lugar donde puede manifestarse, maquillarse, vestirse y bailar al ritmo de Madonna. Su performance fuera de la casa es sí o sí de noche porque ni siquiera en el trabajo se anima a mostrarse tal cual es.
Recordarán que el viejo Oldenburg sostenía que los terceros lugares podían configurarse como refugios seguros donde las rutinas, reglas y convenciones más estrictas se hacían más flexibles. Sin embargo, para las personas trans y no binarias, los terceros lugares tradicionales pueden ser focos de hostilidad o hipervigilancia. Eso ha llevado a la comunidad trans a resignificar o crear sus propios terceros lugares bajo la premisa de "espacios seguros".
Un ejemplo son los centros comunitarios y casas culturales que son espacios gestionados por la propia comunidad donde la conversación, el apoyo mutuo y el ocio se dan sin el miedo a la discriminación. En Montevideo está la Eskuelita Trans en Ciudad Vieja que ofrece talleres, lugar para estudiar y hasta para hacer gimnasia.

Luego pueden existir políticas públicas de habitabilidad urbana que es cuando las ciudades implementan activamente programas para asegurar que las personas trans puedan habitar el espacio público de manera segura. Un ejemplo de lugar como tal es el Centro LGBTIQ+ en la calle Curuguaty del Barrio Sur que se suma a la Plaza de la Diversidad en Ciudad Vieja. Pero las ciudades también deben pensar la inclusión con otras políticas integrales: transporte, iluminación, seguridad, accesibilidad, diseño del espacio público y prevención de la discriminación.

En la novela, los bares, los baños, las calles y los espacios nocturnos no son necesariamente lugares seguros en sentido estricto. Algunos le permitieron a nuestra joven protagonista el reconocimiento y la complicidad; pero otros fueron escenarios de violencia. Esa ambivalencia nos ayuda a no idealizar los terceros lugares: un espacio puede abrir posibilidades de existencia y, al mismo tiempo, reproducir formas de exclusión
Muchas personas trans -y sus familias- encuentran su primer "tercer lugar" real en la virtualidad. Allí construyen comunidad, comparten experiencias de transición y validan allí su identidad de forma voluntaria y horizontal. Por fortuna, esta interacción amorosa no queda en las pantallas sino que fortalece luego su presencia en territorios muy variados. Las marchas, los eventos, los encuentros. Un hermoso ejemplo es el colectivo Trans Boys Uruguay- TBU que trabaja desde 2014 por los derechos y el reconocimiento de las personas trans, con especial atención a niños, niñas, adolescentes y hombres trans. A través de la información, la sensibilización y el acompañamiento, promueve espacios de apoyo e intercambio, el respeto a la diversidad y una sociedad libre de discriminación. También busca dar visibilidad a las infancias y adolescencias trans y contribuir a que puedan crecer y desarrollarse con sus derechos garantizados.

El murito
Buscando más palabras para ordenar estos devaneos mentales llegué a otros pensadores como Edward Soja (1996) o Homi Bhabha (2004) que hablan de terceros espacios. Para Soja configuran una perspectiva que permite pensar el espacio como una articulación de dimensiones materiales, sociales, vividas y simbólicas. Mientras que para Bhabha es una noción vinculada a la producción de significados e identidades en los procesos de negociación cultural e hibridación.
Entonces si hasta aquí hemos hablado de terceros lugares como espacios concretos de encuentro y socialización hay otra dimensión que me interesa explorar: la posibilidad de pensar el espacio no solo como un sitio físico, sino también como una construcción social y simbólica. Las reflexiones de Soja y Bhabha permiten ampliar la mirada y pensar cómo los espacios que habitamos también producen significados, identidades y formas de relacionarnos con los demás.
“Esta noción, poco frecuentada cuando se habla de los terceros espacios, recoge muy bien el potencial de la ciudad en su totalidad, como un tercer espacio mental, donde los individuos se exponen a una suerte de serendipia, a la opción de lo inesperado y a la posibilidad de encontrarse con un otro diferente, que se convierta y les convierta en menos extraños.” (Cristina Mateo Rebollo, 2019)
Este sentarse en el murito puede habilitar la deconstrucción del binarismo y así lo trans habita y crea un Tercer Espacio que subvierte y renegocia las fronteras culturales. Es un lugar de enunciación política y de existencia que no busca encajar en los márgenes establecidos, sino expandir las posibilidades de la identidad, permitiendo una fluidez que la estructura tradicional de la sociedad suele negar. Así, un sitio cotidiano, aparentemente menor, puede convertirse en un lugar de encuentro con lo inesperado, de reconocimiento mutuo y de transformación de nuestra relación con quienes consideramos diferentes.
Por ello la novela que provocó esta columna no es solo una novela trans o LGBTQ+, es una novela sobre el deseo de ser y estar en este mundo, de ser reconocida como persona, de poder amar y desear futuros sea cual sea nuestro sexo asignado al nacer, nuestra orientación sexual o nuestra identidad de género.
En una entrevista que Carmen Sigüenza y Ane Amondarain le hacen a Alana en 2023 conversan sobre esto:
- Es una historia de una joven en un barrio obrero, San Blas, que busca su identidad, y aun partiendo de lo local es muy universal. No podríamos llamarla una novela de contenido trans, ¿no?
- No, estoy muy de acuerdo con esa lectura, es lo que intento decir continuamente. En realidad, lo que pasa en la novela es muy aplicable a muchísimas vidas. Es decir, al final, ¿quién no tiene dudas de quién va a terminar siendo, cuáles son sus anhelos, qué es lo que echa de menos, qué es lo que le da miedo, qué es lo que le hace feliz, qué red de apoyos tiene o no tiene? En eso se puede reconocer casi cualquiera.
Por último, nada está ganado para siempre. La violencia y la exclusión que atravesaban aquella Madrid de los años ochenta y noventa no pertenecen únicamente al pasado, ni son ajenas al Montevideo de hoy. Seguir defendiendo los espacios de encuentro, el derecho a la ciudad y la posibilidad de existir sin miedo es una tarea colectiva. Porque, como recuerda Portero:
“La visibilidad, la expresión, el decir 'yo estoy aquí', 'este es mi espacio y de aquí no me voy a mover porque me corresponde' lleva a la reacción de marqueses airados, de gente que no quiere soltar su poder. Siempre reaccionan desde la violencia. Me parece muy preocupante. Los avances están ahí y creo que no nos vamos a mover un ápice. Pero también es una posición frágil que hay que defender como sea. Y culturalmente, eso sí que lo tenía mucho en la cabeza. Si "La mala costumbre" puede ser una piedrecita, un artefacto cultural que ayude a esto, miel sobre hojuelas. No es la primera intención, pero está ahí.”
![]() |
| En el marco del Día de la Visibilidad Trans en España, la Federación Plataforma Trans convocó a una marcha el 28 de marzo en Madrid bajo el lema "Frente al fascismo, orgullo y furia trans". |
![]() |
| Gracias a Almodóvar, Dua Lipa conoció la novela y la sumó a su Club de Lectura |

Si esta columna les convocó a leer la novela pueden pedírsela a Mercadito Eureka o a Úrsula Libros, mis dos libreras de cabecera. Nos vemos en las calles.
¡Hasta la próxima!


.jpg)



Comentarios
Publicar un comentario
Antes de publicar, piense si su mensaje puede llegar a herir a alguien. Gracias.