2:42



2:42 de la mañana. Los números verdes brillantes en la pantalla LED de su reloj digital lo enfrentan otra vez.

2:42 y a un cuerpo agotado vuelve a negarse el sueño. Otra madrugada donde su mente lo traiciona y lo deja en estado de alerta, esperando algo que no sabe qué es, pero reconoce como dañino.

La mirada clavada en el techo mientras una tos recurrente, de esa gripe mal curada, lo termina de malhumorar. Trata de convencerse de que quizás esta vez pueda ser diferente. Trata de convencerse de que respirar con control, como aprendió en los reels de Instagram, cerrar los ojos y concentrar el pensamiento en la nada van a ayudarlo a derrotar al insomnio.

Se equivoca. 

La tos se hace más potente, más incontrolable. Le nace desde adentro, violenta, no pide permiso y le sacude toda la caja torácica. Aprieta la boca, busca ahogarla contra la almohada para no hacer ruido ni romper el silencio de la casa, pero es inútil: la garganta le quema como si tuviera lija y el aire entra a cuentagotas . Es una tos que le hace recordar aquella vieja, la de su juventud fumadora, a pesar de que hoy hace quince años que no prende un pucho.

Derrotado, se sienta en el borde de la cama. Mira la habitación. Cada uno ocupa su propio margen del colchón, ese que comparten desde hace más de diez años. Hoy apenas llegan a darse la espalda.

A la vez que trata sin éxito de contener la tos, nota y en parte envidia la paz del sueño ajeno, ese sueño que a él se le hace esquivo. Carraspea tratando de aclarar la garganta y busca a tientas en la oscuridad aquella pastilla de menta extra fuerte, creyendo que quizás logre calmar el calor furioso de su garganta y su pecho.

Le pesa el cuerpo y siente que la piel le pica, como si las sábanas estuvieran hechas de ortigas. Se rasca. 
Se mueve con torpeza y con más intensidad que antes, vuelve a rascarse. Se tapa la boca con las manos temblorosas y, aprieta los dientes con rabia, pretende ahogar otro espasmo de la impertinente tos.

Totalmente desbocado, se levanta de la cama, harto. Las tinieblas de su casa serán las únicas que lo acompañen y lo dejen otra vez con los ojos abiertos.

A pesar del frío, buscando tal vez una especie de castigo extra, no se calza. La piel de sus pies siente el rigor de las baldosas heladas y los dedos se aprietan entre sí, encogiéndose al contacto con el piso. Tampoco se viste. Sale así, casi desnudo, a caminar por la casa. No necesita luces encendidas; han sido tantas las veces que deambuló en las sombras que la recorre a ciegas, sin problemas, transitando cada rincón.

El chirrido de una silla de madera que arrastra para despejar el camino hacia la puerta del baño quiebra la noche como un latigazo, pero a él ya no le importa. Ahí tampoco prende la luz. Se mueve de memoria en la penumbra. Levanta la tapa del inodoro y orina en la oscuridad.

El sonido del chorro cayendo sobre el agua es lo único que rompe el silencio de la casa. Afuera no se escucha nada: ni el ladrido lejano de un perro, ni gatos peleando en los techos, ni el motor de un auto que pasa.

Vuelve sobre sus pasos. Arrastra la silla otra vez y el sonido vuelve a raspar el aire. Se sienta. Los pies descalzos tiemblan sobre la baldosa helada.

Se agarra la cabeza con las dos manos y vuelve a rascarse la piel con bronca. Después estira la mano a ciegas sobre la mesa hasta encontrar un cuaderno de tapas negras y una lapicera de tinta roja.

Destapa la lapicera, apoya la punta sobre la hoja en blanco y, con un trazo firme y apurado, escribe la primera línea:

 _"2:42 de la mañana. Los números verdes brillantes en la pantalla LED de mi reloj me vuelven a enfrentar..."

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