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| Leibniz, imaginado Metalero por Gemini. Un tipo íntegro... O al menos, integral (comentario nerd). |
La vuelta...
Buenas y santas, vieja guardia.
Acá The Unforgiven, a su servicio, acomodando los huesos y la carne en la silla mientras la noche montevideana se pone densa y el café empieza a perder su efecto. Hoy me levanté un poco más espeso de lo normal. Ayer de noche volvió, nuevamente, la sensación acuciante del pánico de mierda y la ansiedad galopante. Ahora estoy viendo por la ventana, el 192 de Guillermo Peluffo pasa casi vacío con destino a Manga siendo las 00:41, y se me da por pensar en las grandes ligas. No en si Nacionául esto o Pegnaróul aquéllo, sino en el origen de toda esta locura a la que llamamos Universo. Quemo Mentos (the freshmaker!), digo, qué momento. Y para eso, voy a mezclar en la salamandra (en la que quemo las pastillas frutales) a un teutón (lea bien, señor lector, teutón, hay una "u" en medio de la palabra), a un teutón con peluca del siglo XVII y a los cuatro jinetes del apocalipsis de Birmingham. Abróchense los cinturones.
Allá por el mil seiscientos y pico, andaba un tal Gottfried Wilhelm Leibniz (andá a pronunciar bien ese nombre, andá). Un tipo picante, matemático, filósofo, de esos que te inventaban el cálculo diferencial en un rato libre. Este germano planteó una idea que te deja "reculling in chanclets": el Argumento Contingente. Para no aburrirlos con términos de academia, la mano viene así: Leibniz decía que todo en esta vida tiene una explicación, una razón de ser. Es el famoso Principio de Razón Suficiente. Si Ustét ve una milanga arriba de la mesa, sabe que no apareció ahí por generación espontánea; alguien la cocinó, alguien la puso ahí. Si es de su señora madre, seguramente esa milanesa es la mejor del mundo mundial.
Leibniz agarró este concepto y lo llevó al extremo. Miró el universo entero y dijo: "Bo, Jürgen, el Universo es contingente". Esto significa que el Universo no tiene por qué existir obligatoriamente. Podría no haber existido nada, el vacío absoluto, la nada misma. Pero existe. Y como existe y no es necesario por sí mismo, tiene que haber algo externo a él que lo haya causado. Algo que no dependa de nada más, algo que exista por su propia naturaleza y que sea la explicación de todo este circo. Ese ser necesario, sin causa previa y eterno, es lo que la muchachada de sotana llama Dios.
La lógica de Leibniz es una maquinaria perfecta, como el Combinado Celeste de la Saeta Rubia Diego Forlán esta mañana de lunes. Te arrincona. Te dice que de la nada no sale nada, y que la cadena de causas no puede ser infinita hacia atrás. Alguien tuvo que empujar la primera ficha del dominó. Es un argumento brillante, frío, racional. Pero claro, la lógica de pizarrón es divina hasta que salís a la calle, prendés el informativo, ves las guerras, la miseria, la locura humana, y te preguntás: si este Ser Necesario armó todo esto, ¿dónde demonios se metió?
Sábado Negro, la Yeta y Él
Ahí es donde dejamos a Leibniz en la biblioteca y nos vamos al barro, a la oscuridad total, de la mano de Black Sabbath.
Año 2013. Los padres de la bestia sacan el disco 13. Y el tema que te parte la cabeza de entrada es "God is dead?". Noten el detalle, la genialidad del signo de interrogación. No es la afirmación soberbia de Friedrich Nietzsche (otro impronunciable, casi como el apellido de Alcides Edgardo, que ni siquiera escribo para no equivocarme), cuando sentenció que habíamos matado a Dios. Es una pregunta nacida desde la más profunda desesperación.
Filosóficamente, la letra es un gancho cruzado a la mandíbula del argumento de Leibniz. El protagonista de la canción mira el mismo universo que miraba el alemán, pero en vez de ver un diseño lógico y un Ser Necesario, ve sangre, terrorismo en nombre de la religión y corrupción moral. La existencia del mal choca de frente contra la idea de un creador benevolente. Ozzy Osbourne se pregunta si Dios no será en realidad un invento, una mentira piadosa que se nos fue de las manos, porque la realidad que observa es un infierno.
Psicológicamente, el tema es un retrato magistral de la disonancia cognitiva y la paranoia. El tipo está perdiendo la cabeza ("The voices in my head tell me that God is dead"). Es el terror existencial del hombre moderno que quiere creer, que necesita aferrarse al Ser Necesario de Leibniz para no caer en el abismo del nihilismo, pero su propia mente y la cruda realidad lo bombardean con la idea de que estamos completamente solos. Es la angustia pura de la orfandad cósmica.
Y musicológicamente, mamita querida. Tony Iommi hace lo que mejor sabe hacer: invocar tormentas. El tema arranca con un arpegio de guitarra limpio pero empapado en efecto, lento, como gotas de lluvia ácida cayendo despacio sobre una lápida en un cementerio. Te genera una tensión que te revuelve el estómago. Y de golpe, entra el riff pesado. Sludge puro, Doom Metal en su máxima expresión. Es el sonido de la maquinaria de Leibniz oxidándose y arrastrándose por el fango. El bajo de Geezer Butler te presiona el pecho, y la voz de Ozzy suena gastada, como un profeta alienado gritando en el desierto de vanidades. Hacia el final, la banda acelera, metiendo ese galope clásico del Metal tradicional que simula la desesperación de escapar de una verdad ineludible.
Si además analizamos el video, el combo es letal. El video oficial no te muestra a la banda tocando en un estadio lleno de luces. Te escupe en la cara un collage frenético de iconografía religiosa mezclada con manifestaciones, represión policial, guerra, corporaciones y alienación urbana. Las siluetas de Sabbath aparecen entre las sombras, casi como fantasmas, mientras el mundo moderno se devora a sí mismo en las pantallas. El video ilustra que si Dios está muerto, los nuevos ídolos con pies de barro son el caos, el poder y la violencia hiperconectada. Ah, y la versión yorugua de Gran Hermano, también.
Pero acá viene el giro, el remate que une la Filosofía del siglo XVII con el Heavy Metal del siglo XXI. Después de ocho minutos de oscuridad aplastante, de dudar de todo, de ver la miseria humana, Ozzy cierra el tema con una frase que te deja recalculando: "I don't believe that God is dead".
A pesar de todo. A pesar del caos, de la sangre, de las voces en la cabeza y del video apocalíptico, hay una negativa visceral a soltar la idea. Al final del día, el tipo de la canción hace las paces con Leibniz. Se da cuenta de que la oscuridad del mundo es obra nuestra, pero la mera existencia de ese mundo, esa chispa original, sigue necesitando una Razón Suficiente. No cree que Dios esté muerto; simplemente se dio cuenta de que nosotros estamos demasiado ciegos para verlo.
Así que ya saben. La próxima vez que se cuestionen de dónde salió todo este relajo, sírvanse un buen vaso de algo fuerte, pongan 13 al máximo volumen y tómense un momento para agradecer que, en este universo contingente y absurdo, al menos existen los riffs de Tony Iommi.
Nos vemos en la próxima vuelta del vinilo. Manténganse pesados. Y consíganse un trabajo honesto (al decir de Pappo).
Les dejo el video en Shutú.

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