En 1977, el año en que nací, David Bowie grabó "Heroes" en los estudios Hansa de Berlín, a pocos metros del funesto Muro. La escena que inspiró la canción es mínima: dos amantes que se besan junto a una pared custodiada por torres de vigilancia. Bowie les concede apenas un día, y en esa concesión tan modesta cabe una idea que tardé casi cincuenta años en entender: la condición heroica se ejerce dentro de la finitud, entre ruinas, con plena conciencia de que el tiempo se termina.
"We can be heroes, just for one day / We can be us, just for one day"
En el mito de Sísifo, Camus toma al condenado que empuja una roca hasta la cima para verla rodar otra vez hacia abajo y lo convierte en figura ejemplar. Lo que le interesa de Sísifo es el descenso, el momento en que baja a buscar la piedra sabiendo exactamente lo que le espera. Ahí, en esa lucidez sin consuelos metafísicos, está su victoria, y por eso Camus concluye que hay que imaginarlo feliz. Mi heroísmo cotidiano es más modesto: celebro como victorias pírricas contra el sistema los días en que un boleto de dos horas me alcanza para cuatro mandados. Sísifo, al menos, me enseña a sonreír mientras bajo la cuesta.
La internación reciente de mi padre por un cuadro viral me puso frente a la versión más íntima de ese absurdo. La ELA avanza sobre su cuerpo con una lógica implacable, y en la cama del sanatorio su fragilidad quedó a la vista de todos. En las décadas del sesenta y setenta jugó al básquetbol en la Liga Departamental de Colonia; su cuerpo era impulso vertical, salto, rebote. Hoy la enfermedad lo empuja hacia la horizontal. Verlo así quiebra una de las construcciones más tempranas de la psique: la del padre todopoderoso, el primer héroe.
Desde entonces entreno en el gimnasio con una intensidad que antes no tenía, y sé que el motivo poco tiene que ver con la estética. Detrás de cada serie hay una fantasía muy concreta: estar lo bastante fuerte para alzar a mi padre aúpa si llega el día en que haga falta. Al comienzo de mi vida fue él quien me levantaba en brazos. Donald Winnicott llamó holding a ese sostén físico y emocional que le permite al niño sentirse seguro en un mundo que todavía no comprende. Lo que hoy me propongo es devolverle ese sostén, cerrar el círculo con los brazos que él mismo ayudó a formar. Lo vivo (¿lo mimo?) como un acto de reciprocidad: prestar mis músculos a quien la enfermedad le va quitando los suyos.
La muerte de Gonzalo Moratorio, hoy 5 de noviembre de 2026, a los 44 años, vuelve más urgente esta tensión entre finitud y grandeza. Un glioblastoma diagnosticado en mayo de 2025 interrumpió la vida de un virólogo que encarnó una forma contemporánea del héroe: el científico que pone su intelecto al servicio directo de su comunidad. En febrero de 2020, antes de que Uruguay confirmara su primer caso de covid-19, Moratorio y Pilar Moreno empezaron a desarrollar en el Institut Pasteur de Montevideo un test diagnóstico propio basado en PCR. Cuando los países se disputaban reactivos que no alcanzaban para todos, esa herramienta le dio al Uruguay capacidad de respuesta propia. Ese mismo año, Nature lo incluyó entre las diez personas que marcaron la ciencia mundial. Siento por él un agradecimiento difícil de medir, el que se le debe a alguien que nos cuidó sin conocernos.
En su figura converge la filosofía de Nietzsche. Para el pensador alemán, el héroe practica la Selbstüberwindung (sí, tuve que revisar en Google cómo se escribe ese trabalenguas de consonantes muchas y vocales pocas), que viene a ser la superación de sí mismo, y abraza el amor fati, el amor al propio destino entero, tragedia incluida. Nietzsche desconfiaba del "último hombre", que se protege del riesgo y del sufrimiento a cualquier costo, y en "La gaya ciencia" invita a construir las ciudades en las faldas del Vesubio. Moratorio llevó esa consigna a un extremo conmovedor: tras el diagnóstico, su equipo reorientó parte de la investigación hacia virus oncolíticos capaces de atacar el glioblastoma. Hizo de su propia enfermedad un objeto de estudio y se negó a ocupar únicamente el lugar del paciente. En mayo de 2026, el Parlamento lo reconoció como Héroe Contemporáneo del Bicentenario. La palabra le correspondía.
Entre el Sísifo de Camus y el amor fati de Nietzsche ubico la pulsión que sentí en una entrevista de trabajo reciente. El escenario planteado exige quemar las naves: dejar la relativa estabilidad de mi empleo actual para sumarme a un proyecto de apenas seis meses. Tengo casi cincuenta años y comparto la responsabilidad de criar a dos hijos adolescentes. La razón instrumental aconseja quedarse en la caverna platónica y contemplativa, y no ignoro el costo: los seis meses terminan, y después habrá que volver a empezar.
Aun así, siento la necesidad de abandonar lo que llamo el "onanismo intelectual" de la ingeniería del cálculo: evaluar escenarios, modelar riesgos y optimizar decisiones que rara vez tocan la vida de alguien. La ingeniería es una herramienta formidable, pero cuando se repliega sobre sí misma se parece al nihilismo pasivo que Nietzsche criticaba, un refugio desde donde se mide el mundo sin intervenir en él. Erik Erikson ubicó en la adultez media el conflicto entre generatividad y estancamiento, la necesidad de dejar algo que trascienda la propia biografía. El proyecto que se me ofrece tiene derrame real, apunta al desarrollo nacional y pone al ser humano en el centro. Quiero que mis hijos vean a un padre capaz de asumir un riesgo significativo por una causa que lo justifique.
Seis meses son mi versión del día de la canción, una ventana acotada en la que la técnica puede reconciliarse con la ética. Cuando levanto la barra pienso en los brazos de basquetbolista de mi padre, en los míos de ingeniero que envejece, en Moratorio estudiando el tumor que lo estaba matando. Ninguno de esos cuerpos escapa al tiempo, y esa vulnerabilidad compartida le da peso a cada decisión. Bowie cantó en Berlín junto a una pared que parecía eterna y que cayó doce años después. Alcanza con un día para ser héroes, siempre que se lo viva entero. "Prometo volver en tero", canta el bueno de Jaime Roos, sobre la montura del ave zancuda autóctona y su canción "Adiós Juventud".
Los dejo con el video del bueno de David.


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