Depósito


Buenas tardes para todas y todos.

Hoy les traigo un cuento 100% original. Espero que llegue a Netflix algún día, porque si Estefan Rey pudo ¿por qué yo no?


DEPÓSITO.

Había apagado el auto debajo de un árbol, buscando un lugar donde esperar a la sombra. El calor de ese día ya se hacía notar y, a pesar de las gruesas nubes que se veían bien a lo lejos, nada aparentaba que esa lluvia fuese a caer sobre él. 

Hacía un rato ya que estaba sentado dentro del vehículo, con su brazo apoyado en una ventana totalmente abierta para que circule el aire. Su camisa celeste a rayas ya empezaba a ponerse azul por la transpiración, y cada tanto se la cinchaba para refrescarse. 

La radio emitía una señal de AM, donde tres personas tenían una tertulia sobre un tema del que realmente no le estaba prestando mucha atención. Era otro sonido más en el ambiente, al que a veces se sumaba el del caño recortado de alguna moto que acertaba a pasar por ahí. Luego, sólo los teros cada tanto recortaban con sus graznidos el aire. 

El vaquero tampoco ayudaba, quizás hubiese sido mejor venir más cómodo con alguna bermuda. La botellita de agua iba por la mitad y ya no estaba fresca. 

Los lentes proveían el poco confort que tenía. Y mirando a lo lejos por ese camino de tierra que se perdía de manera perpendicular al auto, sólo se veía el vapor del calor al ras del piso. 

Así pasó el rato. El sol ya se había levantado y empezaba a correr la sombra lejos de él. Los rayos aterrizaban de manera cada vez más inclemente sobre sus antebrazos y sobre su falda. Cuando la situación se empezaba a poner cada vez más incómoda, vio a lo lejos una figura desgarbada que venía caminando hacia él.

 

-Al fin, loco.

 

Encendió el auto y salió al cruce de esa persona. Una mujer menudita, de aproximadamente 25 años, bastante castigada por la vida. Consumidora, sucia y harapienta. Traía sobre sus hombros un bolso sucio que evidentemente había estado enterrado. Venía caminando a la vera del camino cuando Gonzalo la interceptó en su Fiat Premio. 

-Dale, subite, no pierdas tiempo- le dijo, mientras le abría la puerta del acompañante.

Marcela tiró presurosamente el bolso detrás del asiento, se subió y salieron raudamente del lugar. 


Gonzalo condujo su auto una hora en una dirección que lo alejara lo más rápido posible del lugar. El viaje fue en silencio. Sólo se escuchaba la tertulia y a Marcela, que remangaba sus mocos cada tanto y se refregaba ampulosamente la nariz con su mano. 


En una cortada de la ruta, Gonzalo dobló a su derecha y siguió 15 minutos por un camino vecinal que daba a una estancia abandonada, que atrás tenía una cañada. Ahí detuvo el auto y finalmente le preguntó a Marcela

-¿No te afanaste nada vos mugrienta no? 

-No ñery, ‘ta todo ahí. Ni abrí el bolso ese.


Gonzalo abre el bolso. Mira hacia adentro. Todo en orden. 


Caía la tarde y la tormenta, que se estaba armando a lo lejos, comienza a avecinarse y se anuncia con tenues truenos. Gonzalo baja del auto y va hacia el baúl. Abre, saca una conservadora y agarra de su interior unos sanguches y unas latas de soda. Le da un sanguche y una lata a Marcela y se dispone a comer el suyo. 


-Se viene el agua, ñery- dice Marcela. 


Gonzalo no responde. Piensa. Calcula. La radio seguía prendida y, salvo por los truenos, es lo único que se escucha. 

Ya las cumbias habían dejado el paso al reporte períodístico de la tarde. El locutor engola la primer noticia:


-Local de red de cobranza es investigado por lavado de activos. 


Gonzalo se alarma. Se agarra la cabeza. Atina a agarrar el móvil y mandar un mensaje. Al estar en el medio del campo no aparece ningún tick de confirmación de recepción, sólo un relojito.

-La puta madre. No hay señal de Movicom acá. Voy a caminar unos metros a ver si tengo suerte, si no, vamos a tener que movernos. 


Salió revoleando el Sony Ericsson como si fuera un poncho. Nada. Puteaba. Pateaba una piedra. Volvió al auto. 


-Vamos a tener que largarnos. Los vidrios del auto no suben. Espero que no nos agarre el agua. 


Luego de una hora de camino, la aguja del indicador diesel indica que queda poco combustible en el tanque. Así que era urgente pasar por una Petrobras para cargar al menos unos litros. Para suerte de ellos, a los 15 minutos encuentran una estación. Entre los autos eléctricos se buscan un surtidor, el único que tenía diesel. Mientras carga el tanque, a Gonzalo le suena el teléfono. Era un mensaje con una instrucción bien escueta y precisa: ir a una casa que quedaba a 34 kilómetros de su posición, en un campo de soja. Gonzalo se alivia. Entra al auto y se dirige raudamente hacia el punto de encuentro.


A poco de llegar comienza a llover. Aunque de manera tenue. Por el espejo retrovisor ve unas luces, las mismas que había visto antes de pasar por la estación de servicio. Sólo que no le había dado importancia. El auto que venía atrás de él le hace juego de luces, y Gonzalo no acusa recibo. Sigue su marcha a la misma velocidad. El auto de atrás insiste. Aumenta la velocidad y trata de acortar distancia. Gonzalo acelera, ya un poco más nervioso. El auto de atrás es de alta gama y comienza a acercarse. Ya se sentía el rugido del motor. 

Cuando estaba ya encima del Fiat, adelanta por la izquierda y se pierde de vista. Al final era solo otro auto que quería rebasar. Pero Gonzalo estaba medio paranoico ya.

Por suerte, estaba llegando al punto convenido. Sale de la ruta, se detiene frente a una portera, se baja del auto y la abre. Avanza unos quinientos metros hasta llegar a la casa.


-¿Viste que lo agarraron?- le dijo Gonzalo al hombre que lo recibió. Este responde -Sí, al jefe no le va a gustar nada. ¿Trajiste el bolso? 


-Sí - respondió Gonzalo -está en el auto. Lo voy a buscar. 


Vuelve hacia el auto y ve que Marcela no estaba. No le dio mayor importancia, hasta que notó que el bolso tampoco se encontraba ahí. Buscó por todo el auto: abajo de los asientos, en el baúl, no apareció. 


-Esta pastosa del orto se me llevó el bolso  -le dijo al hombre. -Hay que salir a buscarla ya -contestó. 


Corrieron hacia la ruta y no demoraron mucho en encontrarla. Se había tropezado con uno de los pozos que formaba la lluvia y yacía en el camino, con una herida en la cabeza. Había quedado abrazada al bolso


-¿Que se puede esperar de una falopera? Sacale el bolso y vámonos. -dijo el hombre. 

Cuando Gonzalo cinchó de una de las correas del bolso, Marcela recobra el conocimiento y lo sujeta con fuerza. Les murmuró:


-Ustedes no son dignos de esto. 


-¿Dignos? -dijo el hombre. -Ahora tiene léxico la drogadicta esta -dijo Gonzalo, con  una risa socarrona. 


Marcela se pone de pie frente a ambos. Pero sus rodillas estaban flexionadas al revés. La sangre que manaba de su cabeza era negra. De repente, aquella figura desgarbada adquiere una musculatura sobrehumana. Su piel se torna viscosa, como el petróleo. El olor a azufre invade el aire. Sus ojos opacos miraba fijamente al hombre y a Gonzalo, que recularon un par de pasos, asombrados. 


-¿Y este bicho qué mierda es? 


Una voz gutural emana de las entrañas de lo que había sido Marcela


-Ustedes no son dignos de esto. 


Los hombres se dan vuelta y echan a correr como nunca en sus vidas, puteando a la vez que rezaban para no ser alcanzados por esa criatura. Que comenzaba a perseguirlos entre los arbustos a una velocidad sobrehumana. Terminó por alcanzarlos casi que enseguida, y los tomó a ambos por la nuca. Con un gesto los fuerza a arrodillarse en el barro. 


-¡No son dignos, no son! 


Los hombres lloraban de miedo. Y de dolor, pues la mano que los sostenía de la nuca apretaba cada vez más fuerte. 


-¡Pará, la concha de tu madre! -grita Gonzalo. 


-¡Indignos! ¡Indignos!


-¿Quién sos? - grita el hombre. -íbamos a depositar la guita pero todo se deschavó por el local del supermercado… 


En ese momento, la criatura apreta con todas sus fuerzas los cuellos de los hombres, que estallan en un charco de sangre, fluidos cerebrales y otros líquidos corporales.  


Silencio. 



La policía encontró a la semana siguiente los cuerpos mutilados de Gonzalo y el hombre. No pudieron identificarlo. Para la crónica roja, otro caso más de un brutal ajuste de cuentas. Los políticos seguirán llevando agua para su molino, unos diciendo que no se puede seguir viviendo así en el Uruguay, que habían llegado prometiendo un cambio y es más de lo mismo. Los otros respondiendo que hay flor de herencia maldita y que lleva tiempo volver a la paz de antes. 


La selección de fútbol pierde otro partido. Las pelusas de los árboles caen y molestan. Empieza un reality show y sería novedad si no fuera que hace 25 años que se hace.



Uruguay, setiembre (o septiembre) de 2026.


















Comentarios