De pronto empecé a moverme.
No levantarme, vestirme, lavar los platos, tomar el ómnibus. Moverme con intención. Que el cuerpo empiece a sentir más allá de la rutina.
No me salía hacerlo sola. Busqué otros cuerpos. Primero, los sábados candombe con Lucía y otras mujeres. Movimientos ancestrales que se respetan, se sufren y se gozan. Recitado en la mente y en los labios: cuatro maderas, abre cierra tacaracata, abre cierra tacaracata, dos claves, giro a la izquierda en cuatro, dos candombes, dos hacia atrás, el borracho, paso atrás, giro, dos candombes, repite…
Después vino la pista como madre acompañando al crío. Pero después como dueña del carril exterior. Una extraña, una señora que camina mientras escucha streamers argentinas que hablan de filosofía y feminismo pero también de olores corporales y películas siniestras. A los costados vuelan otros cuerpos, se estiran, se doblegan. Edades del tiempo que comparten ese espacio abierto y cerrado al mismo tiempo. Afuera la ciudad se va apagando y los padres que acompañan se iluminan en sus pantallas. Hasta ayer desconocidos y de pronto un hola al cruzar camino, una leve bajada de cabeza, una sonrisa. Ya hay un nosotros casi sin palabras.
Un tiempo y un espacio que se abre a la potencia y al deseo:
¿Mi cuerpo estará encontrando así un tercer lugar?
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