Recorre como cada noche el largo camino que hay entre el portón que da a la calle y la oficina de guardia. Avanza sin esquivar los pozos, hundiendo en el barro las hojas podridas.
Desata el nudo de alambre de la puerta, sacude la inmundicia pegada en sus botas y, antes de encerrarse, echa una puteada al aire. Desde algún lugar de la oscuridad le responde un coro desaforado de ladridos.
Hernández revisa la multitud de sus bolsillos hasta encontrar la vieja navaja que siempre lleva consigo. Entre boletos arrugados y algún billete rescata un cacho de tabaco envuelto en papel de diario. Lo pica con paciencia desarmando aquella masa pegajosa y negruzca sobre unas chalas resecas y arma un cigarro criollo. Lo enciende con dificultad, gastando más fósforos de los que debería.
Llena sus pulmones con dos grandes bocanadas de humo. Carraspea intentando aclarar la garganta y escupe con asco el piso. De inmediato, resurge una tos seca que creía superada.
Masculla nuevos insultos mientras sacude las cenizas acumuladas en su uniforme, tan raído y descuidado como el edificio que pretende custodiar.
Se desploma en un sofá destartalado y permanece allí, inmóvil entre las sombras, dejando que su cigarro se consuma entre sus dedos.
El eco de una gotera repiquetea en la guardia. Gota tras gota, el agua sigue alimentando un charco que hace tiempo nadie se molesta en secar.
Recorre con su mirada la habitación y entre las penumbras, en el aparador de madera, reconoce las siluetas de varias botellas y vasos amontonados.
Con la mente en blanco y la mirada fija en el mueble, se pone de pie. Aprieta con fuerza el cigarrillo entre sus labios y se acerca a la estantería invadida de telarañas. Entre todas las botellas, una de vidrio marrón absorbe toda su atención mientras la boca se le llena de saliva.
Inhala otra vez el humo de su tabaco criollo y antes de siquiera darse cuenta, las yemas de sus dedos recorren cada relieve de la botella. Mira el poco de licor que aún queda en la botella y con uno de los puños de su camisa, borra el polvo de la descolorida etiqueta.
Por impulso se relame los labios y acerca la botella a su cara. Se da cuenta de que el viejo corcho medio podrido deja salir algo del aroma. Traga saliva de nuevo y apenas reconoce el perfume, una punzada le atraviesa el cuerpo.
Aquel tufo rancio y espeso le revuelve el estómago y un temblor helado le recorre la espalda. En su nuca, como un latigazo, siente la segunda punzada. Esta es tan intensa que lo hace retroceder y su cuerpo que empieza a encorvarse colapsa otra vez en su antiguo asiento.
No hizo falta arrancar el corcho de aquella botella que aún mantenía en su mano; algo le impide hacerlo. Sin embargo sus papilas parecen degustar el metálico sabor del licor.
Habla solo y se ahoga de nuevo. Siente como el vidrio se calienta en una de sus manos mientras que la otra, busca desesperada algo entre los pliegues de su ropa a la altura del pecho. De su cuello cuelgan los eslabones chuecos de una cadena que sostienen una cruz de brazos retorcidos y doblados hacia atrás. Aprieta hasta que le duele el puño cerrándolo sobre ese crucifijo maltrecho. No le pertenecía y desde que lo lleva consigo no sabe realmente que hacer con él. A pesar de todo, a ese dios que siempre negó, le dedica un improvisado rezo.
Las manos, repletas de cicatrices, sufren espasmos que hacen que se cierren como con furia. Sus párpados, ahora mojados, también se aprietan arrugando todo el rostro.
Desea tener la fuerza para arrancarse los recuerdos a trompadas, amputarse la memoria y los sentidos.
Pasa un tiempo. Ceden las punzadas, pero permanece una infinidad de temblores que ahora le recorren todo el cuerpo. La espalda se mantiene inhumanamente encorvada haciendo que jadee agotado.
Oculta rápidamente la cruz entre sus ropas y observa la botella una vez más.
Las preguntas que lo atormentan hace años reaparecen.
¿Por qué él?
¿Cómo pudo ser el único en salir?
¿Hasta cuándo esta condena?
Como otras tantas noches, no hay respuestas.
Gesticula descontrolado, nervioso. Preso de pánico y de un impulso lleno de brutalidad, cierra los dedos sobre el cuello de la botella, con tanta fuerza que el vidrio parece ceder.
De repente salta de su asiento y revienta la botella contra aquella pileta que fue alguna vez de blanco mármol, pero que hoy está repleta de hongos y manchas de un moho que invade todo.
El estallido hace volar vidrios por todos lados y salpicaduras de alcohol manchan aún más la pared. Hernández se derrumba sobre el piso mojado y queda doblado sobre sí mismo. Apenas si tiene fuerza para vomitar una saliva amarga, asqueado y aún tembloroso.
Finalmente, el cigarro cae de la boca y el rojo de la pequeña brasa empieza a apagarse en un charco de licor que se mezcla con el agua de aquella gotera permanente.
FIN
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