Contra Todos los Pronósticos

 

La imagen que me reconectó con el Alma de la Celeste, en la previa al Mundial 2026.

Son las 15:00 del 26 de junio de 2026. Estoy certificado en casa, por creerme más fuerte y reintegrarme antes de tiempo la gripe devino en algo que parece ser neumonia (no sé cuándo le robaron ese tilde en la i, de chico me hablaban de "neumonía"... ¡¡¡Renunciá, Negro!!!).
En unas horas, la Celeste se juega el pellejo contra España. Estamos en la cornisa, con un pie en el vacío y el otro resbalando en el barro de un Mundial que, hasta ahora, ha sido una bofetada de realidad para los que nos ilusionamos con la épica. Sigo intentando procesar por qué me duele tanto un resultado deportivo, el domingo pasado fue una debacle psico-bio-neuro-emocional. Mientras tanto paso el trapo de piso con una furia de lavandina que dejaría el Palacio Legislativo convertido en un un quirófano. Es mi insuficiencia crónica: esa necesidad de controlar el mundo exterior con un desinfectante y un cronómetro cuando el interior es un incendio que no apaga nadie.

Hablemos de Marcelo Bielsa. Para mí, el tipo no es solo un técnico; es el arquitecto de una ética que me mantiene en pie. Su figura me genera una devoción que roza lo místico. Hay quienes lo critican por su rigidez, pero para alguien que vive lidiando con su propio trastorno obsesivo compulsivo, el "Loco" es un faro de cordura. Su disciplina no es capricho; es una barrera contra la mediocridad y el azar. Esa forma de entender la vida, donde el proceso es sagrado y el respeto por el otro se manifiesta en la entrega absoluta, es lo más cercano a una concepción de justicia que he encontrado. Bielsa nos propone un mundo donde cada uno ocupa su lugar, donde el esfuerzo no se negocia y donde la belleza reside en el orden del despliegue colectivo. Es un panegírico a la coherencia en un fútbol (y un país) que a menudo se conforma con el "así nomás". Mi devoción por él es la fe del que sabe que, sin método, solo queda el vacío.

Sin embargo, en este Mundial 2026, la máquina de Bielsa parece haber encontrado arena en los engranajes. El mal desempeño de Uruguay nos tiene contra las cuerdas. Y me duele, no solo por el fútbol, sino por lo que el fútbol significa en la trinchera de mi casa.

Hoy, mi viejo, sigue atrapado en ese laberinto de ELA que le va cerrando las puertas del cuerpo, con el Minotauro de "la huesuda" como destino final. Mi vieja, por su parte, navega en las aguas brumosas del "alemán desmemoriado" (Alzheimer), perdiéndose un poquito más cada tarde en ese "desierto abandónico" donde los recuerdos se evaporan antes de ser nombrados. Verlos así, en medio de esa fragilidad que me desgarra, me genera un anhelo melancólico: que este partido contra España, que esta Celeste golpeada, les regale aunque sea un "oasis de alegría" (comentario auspiciado por Helados Oasis).
Quisiera que un gol de Uruguay lograra lo que la medicina no puede: que sus ojos se encuentren en un brillo compartido, que el grito de gol sea el puente que los saque de su aislamiento y los una en un abrazo de los de antes, que vuelva la Celeste de antes, cuando el mundo era un lugar sólido y no esta "estafa piramidal" de despedidas en cuotas.

Para procesar esta angustia de la previa, me puse a escuchar una versión particular de "Against All Odds" de Phil Collins. El video es una metáfora perfecta de nuestra era. Músicos humanos, con instrumentos analógicos, poniendo el alma en cada nota, pero con una voz femenina generada por IA. Es la lucha entre el corazón y el algoritmo.
Filosóficamente, la canción es un tratado sobre la imposibilidad y la mirada hacia atrás. "Take a look at me now" (Mírame ahora), reza el estribillo. Es el reclamo de quien se sabe vulnerable frente a un destino que ya decidió por él. Desde lo psicológico, es el retrato de la finitud y la pérdida de control. Como cuando trato de ser un padre "eximio" y termino sintiéndome un "simio" ante la enfermedad de mis viejos o el error táctico de un lateral derecho.
"Against all odds" (Contra todos los pronósticos) es lo que le pido a Bielsa hoy. Le pido que su disciplina venza a la lógica del fracaso, que su método encuentre la fisura en la defensa española, porque necesito ese milagro para que mi viejo, desde su silla, y mi vieja, desde su olvido, sientan que todavía hay algo por qué vibrar.

En mis columnas como +THE UNFORGIVEN+, siempre he buscado esa "Verdad" detrás de la máscara de hombre recio que cultivo en el gimnasio. Hoy, esa máscara está por el piso. El video de Phil Collins, con esa voz artificial que intenta emular el dolor humano, me recuerda que a veces vivimos en un "Ridículum Vitae" de poses, cuando lo único real es el sentimiento que nos atraviesa. La IA del video canta perfecto, pero le falta la cicatriz. A la Celeste de este mundial le sobran cicatrices y le está faltando la perfección de la IA, pero prefiero mil veces el error humano de Bielsa que la frialdad de un sistema sin alma.

Estamos en la previa. El ambiente está denso, como una pieza de carbón mineral a punto de estallar. Miro el espejo y no veo a Medusa, veo a un tipo de 49 años que solo quiere que sus padres sean felices por noventa minutos. Que el "desierto abandónico" de la ELA y el Alzheimer se llene de agua fresca por un rato.

Uruguay vs. España. Bielsa contra el mundo. Yo contra mi lavandina. Contra todos los pronósticos, sigo creyendo que la esperanza jamás se pierde, incluso cuando el cronómetro marca las 15:30 y el abismo parece la única salida.

LPM, que empiece de una vez. Que el oasis aparezca, aunque sea en el último minuto del descuento, un gol con la mano, un offside que el VAR no detecta, pero como sea, ¡Ay, Celeste, regalame un sol!






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