Te veo. Flor de paja en el Ojo


Cuatro números pares. 10,12, 30, 48. Ninguno forma parte de la serie de Fibonacci. Si los viera Adrián Paenza, diría que cada uno de estos cuatro guarismos tiene su belleza, sus particularidades, su valor y carácter, de ser único en la infinita serie de números enteros, reales, irreales, imaginarios, o en cualquier otra clasificación que se nos ocurra para ellos. 

El zodíaco (12), la semana (7), los puntos cardinales (4), los dedos de una mano o un pie (5), los que suben al podio (3), nuestros progenitores (2), “el que busca lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias” (1), el año de tu nacimiento (…), el que se pavonea, o avergüenza al lado de la puerta de calle en tu casa, o en la puerta de tu apartamento (…). 

Pero no desviemos la atención de lo importante de esta publicación. 10, 12, 30, 48 (en realidad 1948). En ese mentado año, varias naciones firman en una cartilla, una declaración que contiene treinta artículos tendientes a proteger diversos aspectos de la existencia de cada ser humano en este planeta. 

Nosotros nos centraremos en el décimosegundo. Puede googlearlo, vaya que aquí le espero…

Visto y considerando el tenor de lo expuesto en ese artículo 12, y cómo el vocablo “correspondencia” (en ese entonces referido únicamente a esquelas, cartas y telegramas) ha adquirido en estos tiempos una dimensión impensada en aquellas épocas. Basta solo recordar a Wanda Nara en blanco y negro, el bailongo de Rodrigo Romano, la cabalgata deportiva Gillette de Nacho Álvarez, el golpe bajo a Chris Namús, y tanta otra violación a ese derecho en la que tantos y tantas hemos participado como espectadores e incluso como difusores de tales hechos que, quizá, tal vez, de repente, deberían de haber quedado únicamente en la órbita de sus cachondeantes participantes. 

Pero el ser humano soy así. La gente somos así. Encantados de ver pajas en ojos, por todos lados, trepados en nuestra gran viga del “¡qué horrible!”, o del “¡qué bolud@!” o del “¡qué trol@!”, mientras presenciamos ese momento de intimidad ajena, mientras nos regodeamos de la impunidad de no ser vistos en la “intimidad” de nuestro dispositivo preferido, mientras gritamos a los cuatro vientos “¡qué mundo injusto!”, mientras así mismo lo hacemos. 

Pero, ¿de qué va esto? ¿Qué trinchera defiende o apedrea en esta ocasión el Pequeño Galileo? La única manera de que sean efectivos los derechos, es que se cumplan las obligaciones, determinantes sine qua non de la protección de estos principios, que lamentablemente, cada vez con mayor frecuencia caen en aquella máxima de Groucho Marx (o al menos popularizada por él) “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. 

Pero esta es una verdad incómoda, es una señal de velocidad máxima permitida, pero “no pasa nada si acelero un poco más, por encima de ese límite, total, no hay radar”. Quiero que se respeten mis derechos, pero no pasa nada si acelero un poquito, por encima de los de los demás, total, no hay radar. 

Volviendo al 12, que podríamos resumir, en esa cosa, que al mejor estilo 1984 (la novela de George Orwell), ya casi ni existe en este Gran Hermano Mundo. Aquel concepto de “sonría, le estamos filmando” se ha desdibujado o, mejor aún, “desenfocado”, en quienes viven una permanente impostura ante tanta cámara que nos rodea. En quienes prefieren, consciente o inconscientemente, ignorar que cada reacción, cada mirada, cada andar, está siendo registrado y almacenado, vaya a saber en qué sitio, público o privado, accesible, vaya a saber a los ojos de quién, y menos aún, vaya a saber en qué momento pueden esas imágenes (incluso audios) volver a aparecer en una espectacular entrada, a lo Ave Fénix, inmutables al paso de los años. 

Lamentablemente, llegado este punto, usted ha descubierto que esta publicación no tiene punto (¿se vale redundar?) o, mejor dicho, se ha perdido en ese mar de idas y vueltas, entre ideas inconexas, que quizá hagan embudo, en estos Devaneos Sesudos.

Comentarios

  1. Me gustó esta edición de tu columna. Da para pensar sobre lo que hacemos y lo que no con nuestra correspondencia, actualmente en tan variados soportes. Igualmente me quedo pensando si la "única manera de que sean efectivos los derechos, es que se cumplan las obligaciones" porque puede exponer a personas que no sepan cuáles son las obligaciones o no tengan las herramientas necesarias para cumplirlas, a que sus derechos sean vulnerados con esa excusa.

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    1. Buen punto Jimes!
      La idea de ese enunciado, es que cumpliendo nuestras obligaciones no vulneraremos derechos de terceros. Cómo todo en esta vida, no hay garantías. Cumplir nuestras obligaciones no nos libra de que nuestros derechos sean vulnerados, pero cumplirlas, nos evita vulnerar los de los demás. Siguiendo esta lógica, si todos cumplimos, ninguno vulnera. Es muy interesante tu planteo sobre conocer/desconocer. Quizá sería propicia la creación de campañas de información, que vinculen las dos caras de la moneda. Cada derecho propio depende de una obligación ajena, y viceversa.
      Gracias por "expandir" esta entrada Jimes!

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