Sin devaneos, hoy, un cuento

 

Era una noche oscura y fría en la ciudad de Montevideo. Nuestro protagonista deambulaba por las calles, esperando se hiciera la hora en que su amigo, aquel que le daría cobijo por esa noche, llegara a su apartamento. Casi las once de la noche y las calles del barrio Cordón en Montevideo se encontraban prácticamente desiertas. La ansiedad de que esa puerta de vidrio se abriera y diera paso finalmente a ese calor de hogar, que aunque no fuera propio, era tan cálido como el que brinda la amistad sincera. De a ratos sentado en el escalón de la puerta, de a ratos caminando y restregando las manos para espantar al gélido frio. A unos pocos metros de allí, una volqueta, un contenedor, un depósito de residuos domésticos, lucía en sus alrededores, como es más habitual de lo deseado, vestigios de “basura” para unos, “desperdicios” para otros, “materia prima” para algunos, e incluso alimento para quienes son más desfavorecidos aún. Él se acercó, al ver que entre el montón de estos objetos sólidos, orgánicos e inorgánicos, se encontraba algo que a esa distancia, parecía ser un Libro, asomado entre unos vestigios de almohadones, con sus almas de guata saliéndoles por las entrañas. Con el pie derecho retiró el (en algún momento) blanco almohadón, y verificó que efectivamente se trataba de un Libro, de tamaño mediano. 21x13x1,2 eran sus medidas en centímetros. En su colorida portada se podía apreciar, en la imagen, a dos hombres en las arenas del desierto. Uno de ellos, portaba una pequeña sombrilla verde, y estaba ataviado con una especie de sobretodo, entre lila y bordó, de amplísimas mangas, con un frondoso estampado en negro, verde y amarillo. Un sombrero también verde claro, con un listón fuxia, coronaba su cabeza. Con la mano izquierda sostenía la sombrilla, apoyada al hombro izquierdo, y con su derecha, señalaba un mapa, que estaba en las manos del otro protagonista de esta portada, que era de menor estatura, vestido con ropas de explorador, también en gamas de lila y fuxia, con sombrero, pero en su caso, rosa oscuro y con un listón amarillo. Toda la atención de nuestro ocasional hurgador fue captada por esta hermosa joya, esta flor que germinó entre tanta basura (para algunos). Tanto así, que olvidó por completo el frío, el apetito (en realidad nunca conoció el Hambre), la larga espera que venía sosteniendo para por fin recostarse en un sitio cálido, pero no suave (su amigo no tenía cama para huéspedes, ni sillón que pudiera fungir con tal fin, y dormiría sobre un delgado acolchado, en el piso de madera). El título del volumen, era muy sugerente: Cuentos para Jugar. El Autor de la Obra, un tal Gianni Rodari. Con este valioso tesoro en sus manos, nuestro amigo, se dirigió presuroso hacia el escalón de la entrada del edificio. Allí se sentó, y bajo la luz del hall, que se proyectaba a través de la puerta de vidrio, comenzó su ávida lectura. No le importó que el Libro, en su tapa, informaba que era una Edición de Alfaguara, dentro de su catálogo “Infantil”, y él ya tenía más de 30 años. Con respetuosa minuciosidad acorde al momento, fue pasando una a una, lentamente, las páginas iniciales, con los créditos: editores, traductores, ilustradores, fechas de ediciones, talleres gráficos, el índice con el listado de los veinte Cuentos y “Los finales del Autor” (que se encontraban en la página 159), y en el anverso de esta página, se encontró con una breve nota titulada “Instrucciones para el Uso”. Ensimismado en la lectura, no vio, ni oyó, que alguien se había detenido su lado, a escaso metro y medio de él. En ese momento escuchó su nombre, levantó la cabeza, y allí estaba su Amigo, sonriendo ampliamente, con las llaves en la mano, ya abriendo la puerta y preguntando “¿Hace mucho que esperás acá?”. Le costó un poco bajarse del lugar que recorría su mente, y cuando se repuso, contestó: “Lo suficiente. Tan solo lo suficiente”. 

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