¡Qué lástima!


   





Lástima: sentimiento provocado por el dolor ajeno. 

Es un sentimiento pasivo y confuso, parece traducirse en empatía pero, mal gestionado, victimiza y avergüenza al destinatario.

Los días fueron pasando sin prisa, pero sin pausa. Niños que iban y volvían, rutinas de acomode familiar, duelos en tránsito y la vida continuaba...

Llegó marzo y con él la vuelta a clases. E
sto ilusionaba a Belén, se reencontraría con sus compañeros, por fin un poco de ­“normalidad", comida rica del comedor, juegos, clases, recreos, diversión. 

El primer día fue muy ilusionada pero, para su sorpresa, no logró sentirse como esperaba. El ambiente estaba muy raro, se sintió observada, algunas madres la llamaban por su nombre y le ofrecían su ayuda, se hizo muy visible, no le gustaba eso. Al rato de sonar la campana la citaron a la dirección.

Al entrar se encontró con una reunión de maestros y directores. Belén no entendía nada, la saludaron con cara de “pobre niña”, le expresaron su tristeza por lo sucedido y luego de un largo discurso, se pusieron a las órdenes y la incentivaron a seguir adelante, sin sentirse diferente.

Lo que nadie supo es que a partir de ese día, la lástima se posó sobre sus hombros y la desigualdad inconsciente se hizo presente.

Lo sucedido distorsionó  incluso el buen relacionamiento que ella mantenía con sus pares. Este cambio fue impuesto por  los adultos que le inculcan a los niños diferencias y prejuicios que ellos no son capaces de ver. 

Algunos compañeros siguieron cerca de ella como siempre pero otros se fueron  alejando.  Era un pueblo pequeño, había gente que repudiaba el hecho y otros lo justificaban. Padres preguntándose "¿cómo pudo pasar esto?" Y otros instando a cuidar a sus hijos porque la violencia es hereditaria. ¿Cómo será el futuro de cada uno, qué tendrán que hacer para salir adelante, cómo cambiara esto el carácter de esos chicos? Todas esas dudas y especulaciones surgen siempre después de un "me dan tanta lástima esos pobres niños..."

Belén se fue acomodando a cada nuevo desafío, perdió la inocencia de la confianza, fue aprendiendo a diferenciar sentimientos, le tocó aprender a reconocer  actitudes de la gente, a no demostrar, a observar y callar. Eso la mantenía a salvo.

Simplemente tocó empezar a  madurar y entender que la vida está hecha de cambios. 
Entendió ese año que no había dónde refugiarse, que definitivamente todo había cambiado. Entonces se aferró al sueño (aunque lejano) de irse a la capital en busca de un trabajo que cambiara su realidad, donde la gente no sintiera lástima sino orgullo de ella.

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