Adoptame que te adopto

Los hermanos emprendieron retorno a su nueva realidad, hacia la casa de la abuela. Caminaron cruzando el pueblo, cada uno sumido en su tristeza, tratando de asumir y entender, prácticamente en silencio. Poco había para agregar.

Al llegar se encuentran con los más pequeños que inmersos en su inocencia se alegran de ver esas caras familiares, se abrazan a sus hermanos deseosos de aferrarse a alguien conocido, hace mucho rato que están solos. Todos están cansados, ha sido un fin de semana muy largo, pero esos bracitos y esas caritas felices son reparadoras, son una caricia para el alma.

Se descansa como se puede, conforme pasan los días se van organizando las tareas y se va piloteando la economía. Había muchos niños que sacar adelante. Los primeros tiempos hubo gente que ayudó con aportes de comestibles, ropa, etc., pero el tiempo pasaba y la gente olvidaba, cada día era más difícil que el anterior, con un  Estado absolutamente ausente. Corría 1984, año difícil, la justicia estaba ciega, no hubo asistencia social ni representación judicial, la falta de recursos hacia insostenible la situación, el único camino era separar la familia, responsabilidad que cayó en los hombros de los dos hermanos mayores y marcó sus vidas para siempre.

Se corrió la voz en el pueblo de que los niños estaban en adopción y fueron desfilando los candidatos, los primeros y de mejor posición se disputaban a los pequeños, con los grandes era más difícil la elección, parecía no conformar ninguno así que los interesados se iban con la promesa de “pensar y volver”.

Es curioso, el que adopta generalmente lo hace porque no puede procrear y siente que su vida está incompleta. Entonces opta por llenar ese vacío con algún ser desamparado.

Esa solución podrá ser desesperada y única pero aun así  tiene condiciones, el adoptado debe ser pequeño, libre de pasado,  de recuerdos y raíces para moldearlos a su imagen y semejanza. Los niños grandes, por el contrario, llegan con un camino recorrido, traen historia, vivencias y costumbres de otro hogar, recuerdan y extrañan a su familia de origen, cosa que la mayoría de los adoptantes no están dispuestos a aceptar y no saben cómo manejar. 

Adoptar no es un acto de caridad, es un acto de amor, es un acto complementario. La misma esperanza, el mismo miedo y la misma ilusión  hay de un lado y de otro. 

Si se dieran la oportunidad de experimentar cuán agradecidos crecen los niños que, habiendo transitado un evento tan desafortunado, solo necesitan amor y protección, que con tal de encajar y permanecer son tan moldeables como cualquier pequeño, el sistema de adopciones sería perfecto y no habría niños institucionalizados.

Quien tiene el coraje de adoptar un niño con algunos años tiene las mismas posibilidades de que sea mejor o peor que uno propio, con una diferencia: aquel que se siente rescatado  ya pasó por lo peor, ya tocó fondo, si se siente a gusto en el nuevo hogar trabajará para mantener la estabilidad que le ofrecen. 

Solo hay que animarse, aprender a dar y recibir amor.

Adoptalo, enseñale a adoptarte y solo quedará disfrutar el proceso.

Comentarios

  1. se siente el corazón ❤ en cada palabra

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  2. Gracias Pitu.
    Que montón de verdades dichas en una sola columna.

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  3. Y sí. Los niños necesitan amor y sentirse protegidos. Un hogar.
    Angelitos...

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