Yo soy el Firu

 


Buenas tardes a todas y todos. Hoy en este espacio vengo con un cuento breve. No se preocupen, no es el de Jaimito que quiso contar Juan Ramón, con singular éxito (encima lo remató mal).

Se llama "Yo soy el Firu".  Y es la historia de un perro. O de todos los perros. O de ninguno y en realidad era un gato.

Ojalá algún día le llegue a Campanella, para que haga una película sobre él.

Sin más, el cuento.


Yo soy el Firu.

Hola a todos, me presento. Soy el "Firu". Un perro raza perro, pero bien perro. 

Me parió la calle y en ella vivo. Soy uno entre muchos, pues nací entre varios y tomé la teta de mi mamá hasta que un día un señor me arrancó del nicho donde vivía, ese que una vez fue refugio de unos contadores de OSE en un viejo edificio abandonado. Por un tiempito fui la mascota de unos niños, pero más temprano que tarde el señor me subió a un auto, me dejó atado a una columna con un balde de agua y se fue. 

Sin más, quise volver al barrio donde nací, a reencontrarme con los míos. Pero en el lugar donde tomaba la teta ya había otros perros. 

De quien me pariera sé poco. De mis hermanos, un poco más. Algunos fueron a parar a distintos hogares, otros siguieron en la calle y se fueron a otros barrios. Yo me quedé. Y así pasaron los años. Ahora les cuento.

Por ejemplo, hoy me despertó el sol que se cuela entre los techos de chapa de un galpón, calentando el asfalto donde duermo desde que recuerdo. Con la panza vacía y las orejas paradas, empiezo mi jornada: este barrio es mi casa, y yo soy el que nunca habla, pero lo sabe todo.

Primero paso por el almacén de "El Richar". Él abre temprano, tiene su negocio atrás de una parada de ómnibus y sabe que su clientela aparece en las primeras horas del día. La puerta, detrás del pizarrón que anuncia los números que salieron en la quiniela, siempre queda entreabierta, y sale olor a pan recién horneado, a yerba mate y a esa leña que viene del monte y que cortaron para hacer algún asado. Creo que es el remanente de un encargo grande que le trajeron unos leñadores, pues a la vuelta de la manzana, donde estaba aquel viejo edificio, varias familias hicieron una cooperativa y mientras duraba la obra pudo vender bien. 

Él me mira, no me echa, ni me grita, solo mueve la cabeza como diciendo “ya estás acá otra vez, viejo” y me tira algo, un pedazo de bizcocho que sobró de ayer, o en el mejor de los casos una punta de fiambre. 

Ahí, delante del almacén que fuera de su padre y ahora es de él, se juntan los que se quedan charlando un rato antes de ir a trabajar. También los que perdieron el ómnibus y algún botija que quiso subir con 500 pesos. Yo me tiro al sol, escuchando cómo hablan del clima, de los partidos o de política, aunque de esto cada vez menos porque nadie puede creer las cosas que vienen pasando. 

Un poco más adelante, en la placita, están los juegos que alguna vez se instalaron gracias a algún "presupuesto participativo". Sin duda conocieron mejores tiempos, pero siguen dando diversión a los botijas que vienen a jugar. Hay alguna mesa pero ya sin los banquitos, y en un rincón, el tablado. Tiene unos pozos en el piso, alguna madera un poco floja y las paredes medio desteñidas, pero ahí sigue, como esperando. Ya falta poco para febrero: se entusiasma porque en un club cerca ya se oye ensayar una murga y siente en el aire que pronto vuelven los conjuntos, con su batería y el bailar de aquellos directores que animan con sus ampulosos ademanes a los murguistas a cantar más fuerte, con sus trajes de colores y sus canciones que hacen emocionar a todo el mundo. Ahora está callado, pero yo lo miro y sé que guarda el eco de todas las fiestas pasadas. Qué lo parió.

Cerca de una columna caída que hace las veces de banco de piedra, con algún yuyo creciendo a su sombra, las señoras mayores ya ocupan su lugar. Traen sus carritos de feria, sus mates y sus carteras en la mano. Se inclinan unas hacia otras, hablan bajito pero se les ve la cara animada: chusmean de quién se mudó, de quién se casó, de si la luz va a subir de precio. Cuando paso, algunas me acarician la cabeza sin dejar de contar la historia, y me dicen “pobrecito, ya estás un poco hecho percha”. Yo no les digo nada, solo muevo la cola.

Más allá, viene Carlitos, o al menos todos lo conocemos con ese nombre ya que nunca supimos cómo se llama realmente. Parece que otra vez se le fue la mano con el vino anoche. Cuando gana un partido de esos trucos con buseca que se organizan en el bar del gallego, empina el codo. Y cuando pierde, también. 

En ese bar se juntan los parroquianos a charlar de bueyes perdidos y tratan de arreglar el mundo. Hay un señor de lentes que trata de contarle historias a otro con boina celeste y túnica azul, y muchas veces se enoja porque el señor de la boina no le entiende. O hace que no lo entiende para pasarla bien a costilla del enfado del otro. 

Carlitos frecuenta ese bar de amigos, y siempre sale tranquilo porque es de esos borrachos mansos, con un pucho de tabaco apagado en la boca, caminando despacito con pasos largos, cortos y torpes, mirando el suelo como si buscara algo que se le perdió. A veces para, se apoya en un árbol o en el murito de un jardín y suspira hondo. Nadie se burla de él por acá, todos saben que va camino a su casita chiquita al final de la calle, y que mañana será otro día. Yo le sigo unos pasos, por si se cae, aunque no pueda levantarlo.

Caminando por el barrio, veo pasar al afilador de cuchillos en su bicicleta preparada con el torno, tocando su silbato tan característico como reconocible a lo lejos. Y también al repartidor de gas, con su camioneta emitiendo el “Para Elisa” de Beethoven por las esquinas, y las ventanas se abren una a una. Carga las garrafas al hombro, sube las escaleras sin quejarse, y siempre me lanza un silbido al pasar. Se tuvo que modernizar incorporando el pos para cobrar, aunque los veteranos siguen pagando en efectivo. Los barrenderos ya andan por ahí también, con sus escobas grandes barriendo las hojas de los árboles y los papeles que quedaron de ayer. Me saludan con la cabeza, y dejan un pedazo de pan en la esquina para mí antes de seguir.

Y cuando el sol ya está más alto, se oye el bullicio: es la escuela. Los niños salen al recreo, gritan, corren, juegan a la pelota, se pelean y se abrazan al rato. Algunos vienen corriendo hasta donde estoy, me acarician las orejas y me tiran un pedazo de galleta. Aunque no falta el travieso de más que me cincha de la cola. Pero yo sé que lo hace sin maldad. Es que sus risas son lo que más me gusta de este barrio.

Va cayendo la noche y yo me quedo ahí, sentado, mirando todo. Los autos vuelven rápido para sus hogares, a veces no me ven y tengo que esquivarlos, pero eso por suerte no sucede tanto ya que estas calles no son muy transitadas. 

Todos están en sus casas y a veces me miran por la ventana cuando voy pasando. Alguno arrima un tachito con sobras del mediodía. Y si llueve, dejan algún cartón para  que me sirva de refugio. Y en invierno, a veces abren el portón de su jardín y me tiran una frazada vieja para que pase la noche. "Ya estás viejito" me dicen.

Así que les digo, ustedes me verán pasar y capaz pensarán que yo no tengo casa, ni nombre. Algunos me dicen "Pichicho", otros me dicen "Sultán" o como ahora está de moda "Gutiérrez". Y yo no tengo problema, más allá de que mi nombre es "Firu". Es el que me pusieron aquella vez, en aquella casa y fue el primer nombre que conocí. 

Este es mi barrio, mi hogar son las veredas y mi familia son los vecinos. 

 

 

 


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