El domingo fuimos al teatro con mis amigas. Nos encontramos en la Sala Verdi a ver la obra “Música de regreso a casa” de la uruguaya Victoria Vera, interpretada por una impresionante Soledad Gilmet.
La función era la de las cinco de la tarde con lo cual el promedio de edad agradeció que varias cuarentonas lo bajáramos con nuestra presencia. Cuarentonas digo porque la mayoría lo éramos, arrancando desde "Ella", nuestra protagonista, que maneja de regreso a casa un viernes al atardecer huyendo de una ciudad recalcitrante. La voz del teatro pide que apaguemos o silenciemos el teléfono y sugiere con un dejo de ironía que saquemos las alarmas de la medicación de la tarde. La función va a comenzar. La pausa de la vida real se instala pero es imposible que el alma y la mente no viajen de la ficción ida y vuelta a nuestro día a día, la fiesta de la escuela de la nena, las exigencias del laburo, los sofocos, las lagunas mentales, la añoranza de una juventud deseante, los padres que aún muertos condicionan cada paso que damos, esperando siempre que se sientan orgullosos.
Con mis amigas vemos con buenos ojos esto de la función de las cinco un domingo. Corta ese día previo a la locura, nos aleja de la gestión doméstica y parece abrir una pausa dentro de una pausa. Pero después de ver la obra, ella, nuestra realidad agazapada, se permite entrar a la conversa y, qué bendición tener amigas, lo hace de una manera amable, donde las miserias que podemos desnudar no son cuestionadas y el análisis y las propuestas rizomáticas generan terceras opciones a las miradas desesperadamente dicotómicas. Y las risas, esenciales, imaginando cómo la joven moza de la pizzería dos36 se vería en el espejo de un futuro en apariencia lejano cada vez que venía y escuchaba frases sueltas que dejaré a imaginación de las personas lectoras de esta columna.
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En “Noticias de ayer” nuestras otras amigas analizaron este jueves pasado el fenómeno de los brazos fuertes femeninos y cómo el feed lo tenemos saturado de sugerencias de cómo bajar el cortisol, la panza hinchada, los sofocos y la ausencia de deseo. Las peri, pre, post y menopáusicas a secas -nunca mejor dicho- somos potenciales clientas de soluciones que nos salvarán de esta caída en un estado desconocido y cuyo fondo no podemos ver. Según Agostina Mileo el mercado de la menopausia mueve hoy 18,71 billones (estadounidenses) de dólares. Se cree que va a llegar a 24,35 billones para 2030. Lo que se vende es infinito: farmacéuticos de venta libre, hormonales y no hormonales, bombachas para la incontinencia, zinc, magnesio, colágeno y la mar en coche con lo que los herederos de Ana María Lajusticia celebran cada clinc caja destapando un champagne todas las noches. Gimnasia para el cuerpo femenino, coach espiritual, sobrevivir al nido vacío y si estamos en pareja con uno del tipo varón rogar que no sea de los que se van buscando dos de veinte.
Vuelvo a la obra. La protagonista se enfrenta a un diagnóstico vital -¿mortal?- cuando la ginecóloga le dice que se quede tranquila, que su cuerpo está empezando una nueva etapa, llena de cambios. Se pregunta, ¿cuántos cambios soportan nuestros cuerpos? Y yo me pregunro, ¿y si este, aparentemente el último cambio antes de que venga la parca, es ese tercer lugar que estábamos ansiando?
Parece ser que el término climaterio viene del griego klimakter que significa ‘barrote de una escalera de mano’ porque está formado por klîmax, escalera de mano, más tēr, instrumento. O sea que es un componente más del elemento, una de las tantas etapas críticas que los griegos identificaban en nuestra vida que parece que iba de siete en siete. Según el Dicciomed, los años múltiplos de siete tenían significado especial en la Antigüedad, sobre todo, los que se correspondían a la madurez, es decir cuando una persona cumple 35, 42, 49, 56, 63 años... Son años “climactéricos” en terminología de la astrológica griega porque son años críticos de la existencia. Adiosgracias aún no piso los 47 pero recuerdo que a los 42 andaba medio desnorteada por la vida y la terapia y las amigas me salvaron de un profundo deseo de desaparecer de esta vida.
El punto, a mi entender, está en qué hacemos con este barrote de escalera. O lo gastamos en scrollear soluciones mágicas a esta desazón, a sufrir este sube y baja de emociones, malestares físicos y conflictos vitales… O lo usamos para impulsarnos y saltar a terceros tiempos y espacios con otros nuevos y viejos ojos, con una mirada más contemplativa y amorosa de nuestros devenires. Obviamente ese salto tenemos que aprenderlo a darlo en soledad, a bancarnos la cabeza y el corazón al volante de nuestros días con esa música de fondo que nos permita vislumbrar otros horizontes. Si después de ese salto, vemos que estamos acompañados por nuestra pareja, o por nuestras amistades, o por nuestros padres o por nuestra descendencia seguramente la fiesta de la vida sea aún más gozada. Pero será, antes que nada, nuestra fiesta.




Muy cálida crónica de teatro y de la vida
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