Aire



El hombre no creía en fantasmas. Creía en repetir, en corregir hasta que lo torcido cediera. Por eso aceptó el cargo en ese centro de reinserción para jóvenes instalado en esa vieja estancia.

Aquel lugar, algo aislado, fue reconvertido para eso: trabajo, disciplina, aislamiento. Antes había sido otra cosa. Los registros eran escasos: encierros, cadenas, castigos. Los viejos ladrillos conservaban algo. La cal no alcanzó para cubrirlo.

Quizás por eso durante décadas quedó abandonado. Mucho tiempo tuvo que pasar para que las voces y los pasos lo habitaran nuevamente.

Apenas llegó al lugar, no se permitió distracciones y empezó a trabajar. Su credo era su ley: los golpes educan, el rigor ordena. Su sola presencia parecía prometer mantener a raya todo lo que amenazara con desbordar. No conocía otra forma de cuidar. Cargaba con la disciplina como otros con la fe.

Llegó con sus dos hijas. Divorciado — o viudo, según a quién le respondiera — . Las instaló en cabañas separadas, bajó las directivas y se marchó.

Ellas aún no habían aprendido a endurecerse. Pero algo se les fue metiendo en la piel.

Hicieron cada vez menos ruido. Después, nada. Las risas se fueron apagando. Las miradas cada vez más perdidas y esquivas.

Un vaho pesado se les pegaba en la garganta como grasa vieja. Se acumulaba en los pulmones y desdibujaba lo que alguna vez fueron.

Una anestesia emocional fue lentamente generalizándose en aquella familia.

Los días se repitieron y nada más.

Entonces, el egreso. Jóvenes que se iban. Apretones de manos. Promesas vacías.

El hombre caminó entre ellos con su autoridad intacta, creyendo — o queriendo creer — que algo quedaba aprendido.

Cuando el último se fue, el campo quedó sumergido en un espeso silencio.

El primer ruido lo oyó sin detenerse demasiado. Pensó en sus hijas, apenas.

Le costó respirar. No era nuevo. Pero esta vez… algo estaba más cerca.

El segundo ruido lo encontró acostado.

No era una discusión. Era un sonido húmedo, entrecortado. Un llanto contenido mezclado con algo áspero.

Se levantó. Caminó.

Antes de llegar a las cabañas, vio el desorden: tazas, ropa, dibujos rotos. Como si algo hubiera sido empujado hacia afuera.

La cabaña de la menor estaba vacía. La otra, abierta. Entró.

La mayor tenía a su hermana sujetada por las trenzas con desmedida fuerza. La menor apenas respiraba en tirones cortos.

El hombre se detuvo, como petrificado al enfrentarse a aquellos ojos.

De su hija no quedaba nada reconocible. Un vacío activo. Una presencia sin nombre ocupando su mirada.

La llamó. Nada.

Se acercó. La abrazó tratando de contener esa energía desbocada. Una nueva mirada fría, vidriosa como la de un animal que no reconoce a su dueño, fue la respuesta.

El clamor del padre, casi como un ruego, intentó romper el trance pero todo resultó en vano.

La volvió a tomar, esta vez con más fuerza. La sacudió y tuvo que soportar los sucesivos golpes espasmódicos. Cuando al fin logró separarlas, en un derroche de rabia, vino la mordida. Rápida. Precisa.

El dolor fue nítido. Brotó la sangre y luego, otra cosa.

Un calor espeso le subió por el brazo, bajo la piel. Las venas se tensaron. Un estremecimiento endureció los músculos de su cuello.

La mandíbula se le cerró y sus dientes apretaron con tanta fuerza que le crujieron los huesos del cráneo.

Todo esfuerzo por mantener la templanza de antaño desapareció. El pecho se le apretó. Respirar lo agotaba.

Un sonido gutural salió de él. Bajo. Y un golpe fulminante.

La hija mayor cayó. Por un instante el impacto la devolvió. Sus ojos parpadearon. Lo reconoció. Pero el hombre ya no estaba ahí.

La arrastró afuera. La empujó contra el barro.

Una vez. Otra.

¿Querés ser un animal? — le preguntó, escupiendo cada palabra con la voz rota.

Vas a vivir como uno.

Ella gritaba sin palabras. Se retorcía bajo sus manos que le apretaban el cuello y la conducían por el predio. Hizo parir surcos en las paredes de gastada pintura blanca que le rompieron las uñas y dejaron rastros de sangre.

El viejo peón apareció entre la niebla, con los perros. Miró al hombre.

No lo reconoció. Ni en la cara, ni en el cuerpo, ni en la forma de respirar.

En los recovecos apestosos y húmedos de las perreras, la dejó.

Sucia. Agotada.

Con una cadena en el cuello. Oxidada. Gruesa. Pesada.

La menor, temblando, llorando, sin entender, tomó el brazo del padre. Besó la herida.

El efecto fue inmediato. No lo calmó, pero lo contuvo.

El hombre volvió. No completo.

Miró sus manos, aquellas que prometieron proteger, ahora temblaban, abiertas y rígidas a la vez. Entendió.

Algo se había torcido definitivamente.

Los perros no ladraron. No esa noche.

Horas después — o días — , cuando el campo parecía dormido, el peón volvió, no por orden alguna, más por costumbre.

Caminó como siempre, despacio. El trayecto recorrido en tantos años lo guiaba más que su maltrecha vista.

Encontró a la jauría reunida. En círculo.

Sin peleas. Sin ladridos. Algo los mantenía quietos.

El peón entrecerró los ojos. En el centro… algo se movía.

Una forma baja entre penumbras. Tensa. Entonces la escuchó antes de entenderla. Un arrastre leve sobre la tierra.

Una cadena. Oxidada. Gruesa. Pesada.

Uno de los perros se echó. Otro bajó la cabeza. Ninguno desafiaba. Ninguno se acercaba demasiado. Ninguno se iba.

En tanto, la figura en el centro apenas alzó su cabeza. El movimiento fue mínimo, suficiente.

Dos ojos se abrieron en la oscuridad. Sin brillo. Fijos.

El viejo retrocedió un paso.

La cadena se tensó en su dirección.

Un gruñido bajo recorrió la jauría. Contenido, como si naciera de todos al mismo tiempo. Una espuma blanca se acumulaba en las comisuras. Una baba nerviosa goteaba de los hocicos de los animales.

Ninguno se movía. No por miedo. Por reconocimiento.

En el centro, aquello respiraba.

Pesado. Irregular. Como si aún estuviera aprendiendo a hacerlo.

La mirada de aquel peón cayó derrotada, como si ya no quisiera ver.

No hizo ruido.

Y se retiró. Sin dar la espalda.

El silencio volvió.

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