viernes, 11 de mayo de 2018

Cuentos de viernes


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Despertar

A las 7 en punto sonó el despertador, y Raúl abrió los ojos de golpe, abandonando el mundo de sus sueños por el mundo real en un solo instante. Como entraba al trabajo recién a las 8, lo pospuso cinco minutos, y volvió a recostarse en la almohada, pensando en los pasos que lo llevarían a su próximo gran logro: levantarse.

La puerta de su dormitorio estaba cerrada, y la ventana apenas era atravesada por los pocos rayos de luz que pasaban entre los agujeros de la persiana. Aun así, esa poca luz había irritado sus ojos, y era por ello que ahora giraba en el sentido opuesto, y se escondía de tal forma de tener unos minutos más de paz.

Sobre el suelo yacía todo tipo de ropa, desde pantalones, championes y medias, hasta buzos con remeras adentro, perfectamente armados para ser usados sin mayor esfuerzo. El plan era simple, primero saldría de adentro de las sábanas, buscaría algún par de medias, se lo pondría, y de esa forma ya estaría pronto para ir en busca de los pantalones.

¡PIRI PIPÍ! Eran las 7.05. Las ideas comenzaron a entremezclarse en su cabeza. Una parte de él pensaba que ya tenía el pantalón puesto, pero la realidad mostraba a Raúl dentro de las sábanas, y lejos de su objetivo. Pospuso el despertador y continuó reflexionando. ¿Cuál sería la manera más eficiente de levantarse y llegar en hora a su trabajo? Visualizó las medias que podrían hacer par, el pantalón indicado, y una camisa que no estuviera demasiado arrugada ni demasiado manchada. Se vio entonces frente al espejo y notó que si bien había evitado el baño, precisaba al menos de un buen lavado de cara.

Raúl sabía que las veces que se levantaba temprano, tenía el beneficio de poder desayunar algo rico, y esa motivación le alegraba la mañana.

¡PIRI PIPÍ! ¡No puede ser! Ahora eran las 7.10, seguía en la cama, tenía aun más sueño que cinco minutos atrás, y todo el proceso anterior no había ocurrido más que en su imaginación. Postergó esta vez el reloj diez minutos, para descansar bien, y levantarse de una buena vez tras la próxima alarma.

No podía ser tan difícil: salir de una vez de la cama, vestirse, lavarse la cara y emprender hacia la parada de ómnibus. Y es que ya había canjeado la posibilidad del desayuno por diez minutos más de sueño. ¿Pero acaso no sería beneficioso bañarse para lograr despabilarse? Dicho y hecho, si hacía todo en tiempo, estaría bañado y vestido a las 7.40, listo para ir a tomar el bondi.

Las duchas mañaneras son un canto a la vida, es arrancar ganando el partido del día 1 a 0. Además hoy tenía algunas reuniones importantes, y siempre era positivo ir con la máxima prolijidad posible. En la primera de las reuniones, iba a estar Claudia, una colega con la que al parecer hay onda, y era un buen momento para tener una charla amena. Pero claro, para ello debería elegir la ropa más prolija, dentro de lo posible. Y en pocos minutos planchar lo que no esté muy presentable. ¿Obtendría el sí luego de tanta dedicación? ¿Accedería Claudia a darle el número de teléfono para invitarla a cenar?

¡PIRI PIPÍ! ¡7.20! ¡La concha de tu madre despertador! ¿Cómo habíamos pasado de una charla con Claudia, a estar por enésima vez entre las sábanas, y con cada vez menos tiempo de hacer todo? Lo postergó de nuevo, y entonces surgió la pregunta: ¿estaba prendido el calefón? No resultaba una cuestión menor, puesto que era pleno otoño, y bañarse con agua fría no era una opción. Pero entonces, ¿cuáles habían sido los pasos previos a acostarse la noche anterior? ¿Qué sucesos lo habían depositado en la cama, y cuál de ellos incluía o no la posibilidad de haber prendido el calefón?

Lo último había sido una película en el living, comiendo unos restos de pizza del fin de semana. Pero a mediados de la misma, el sueño lo atacó, y ya los últimos pasos comienzan a ser difusos. Quizás no era tan buena idea después de todo apagar el calefón todo el tiempo. O sí, considerando lo que ahorraba de energía eléctrica. 

¡PIRI PIPÍ! ¡7.30! Esta vez no hubo mucha sorpresa, ya que estaba bastante despierto, y apenas si lo postergó para seguir analizando el tema baño.

En conclusión, no había conclusión. Las probabilidades de que el calefón estuviera prendido o apagado eran, a priori, las mismas, por lo que no se decantó por ninguna de las opciones. La mejor alternativa era, sin duda, pararse, ir hasta el baño, y chequear si estaba prendido. De hecho a esta hora, ya vendría siendo momento de levantarse. Sería el escenario ideal: Estar levantado 7.30, calefón prendido, ducha rápida, desayuno, y arrancar el día de la mejor manera. ¿Cómo era entonces que unos pocos minutos de sueño pasaron a ser más importantes que la comodidad de un día entero?

La respuesta era bastante obvia. La mente humana no parece dominar completamente sus facultades cuando dormimos. Es como si Morfeo, aquel supuesto dios del mundo onírico, manejara los hilos de nuestros cuerpos, aun minutos después de habernos despertado, y aquella lucha de intereses fuera fútil ante un todopoderoso.

¿Pero acaso no hay personas que se levanten al primer sonar del despertador? ¿Habían hecho un pacto con Morfeo, o simplemente tenían más fuerza de voluntad?

Raúl recordó entonces a su primo Hernán, que una vez, durante un asado familiar, de esos en donde la carne parecía la suela de un zapato, y en donde se hablaba más de lo que se comía, contó su técnica para levantarse. Increíblemente, la misma consistía en: escuchar la alarma, y levantarse de un salto.

¿Cómo podía ser eso posible? Nadie en su sano juicio puede pegar un salto ni bien escucha el despertador. Y de hacerlo, le debería traer severos traumas a futuro. Afirmación que quedaba demostrada simplemente viendo a Hernán: a los ojos de Raúl era una persona bipolar, con cambios repentinos de humor, y ataques de ira contra su familia. Estaba claro que, o bien Morfeo lo estaba maldiciendo por su rebeldía, o saltar de la cama con el 80% del cerebro dormido causaba estragos en la psiquis de cualquiera.

Pero hoy el problema de Raúl era consigo mismo, no con otros. Era vaya uno a saber qué hora, y había que lograr levantarse, ir al trabajo, y llevar adelante dignamente la jornada.

Fue entonces que se dio cuenta que tras postergar algunas veces el despertador, el mismo no volvía a sonar más. 

Giró hacia la mesa de luz.

Miró la hora.

Eran las 8.30.

Se recostó en la almohada y siguió durmiendo. Más tarde habría tiempo de inventar una excusa en el trabajo.