domingo, 24 de noviembre de 2013

Alma de fútbol

Su nombre es Ahmed, aunque en el ambiente del periodismo deportivo lo llaman "el Doctor". Lo conocí el miércoles, mientras la selección de fútbol de su país lograba arrancar un punto del Centenario con las armas que durante tantos años supimos esgrimir con orgullo: todos metiditos atrás, cero vergüenza a la hora de bajar al rival que se escapa, y con una vocación ofensiva casi nula. Me dejó algunos conceptos que me gustaría compartir mientras hacemos el clic que nos llevará sin escalas -a nosotros y al Centenario- de la deportividad casi naif de los jordanos a los desbordes emocionales del clásico.
Publicado en Brecha, 22-01-13

"Está bueno, bueno" me decía Ahmed, mientras saboreaba un chorizo extra al que no se animó a aderezar. Con 53 años de periodismo deportivo, el hombre -declarado opositor a la figura del entrenador egipcio del seleccionado jordano- me formuló diversas preguntas, relacionadas con nuestro fútbol en general y con el partido de esa noche en particular. "¿Quién es ese señor de bastón que ingresa al campo? ¿Es el del caballo que está en la plaza frente al hotel?" "¿Quién es ese tal Garrido? ¿Es un comediante de stand-up?" "¿Qué es la garrapiñada?" Y así sucesivamente.



Pero lo que más le llamó la atención fue el Estadio Centenario. "Tiene un alma noble y fuerte", me dijo. Ni bien lo miré extrañado, acaso pensando que el chacinado había comenzado a operar violentos cambios en su organismo, me explicó: "Es que en Jordania se dice que los estadios tienen alma. La selección juega siempre en el Estadio Internacional de Amán no porque sea el más lindo, ni el más cómodo, ni el más grande. Juega ahí porque es el más fuerte de espíritu".

"Muy fuerte, pero se comieron cinco", pensé, pero me marché sin decirle nada.

Si es cierto lo que me dijo Ahmed, al Centenario me lo imagino como un viejo sabio y achacoso, de esos los que les descubren una enfermedad incurable (el estado de la cancha) pero con la que aprenden a llevar con dignidad. Una de esas personas que hoy las ves y estás espléndida (la cancha lisita, las tribunas pintadas, las butacas recién puestas), y la ves el mes que viene y parece que morirá mañana (la cancha poceada, mugre por doquier, la pantalla rota).

Análogamente, los demás estadios del país también deberían tener alma propia. Me imagino al Saroldi como una veterana venida a menos pero que mantiene su encanto, al Parque Central como un "nuevo rico" que se hizo un lifting y parece llevarse todo por delante, al Tróccoli como un viejo grandote, gracioso y bonachón que se mama y se pone violento, etc.[1]

El viejo Centenario debe tener problemas para asimilar el pasaje del Uruguay - Jordania del público local que aplaude a los rivales, del Príncipe en el palco y del hombre que tira pétalos de rosa por la cancha, al del clásico del próximo domingo del público local que putea al rival (y viceversa), del Palco con Carlos Núñez y del hombre que tira piedras o cosas peores.

"¿Por qué se pelean tanto por mi tribuna Ámsterdam, si es igual a la Colombes? ¿Será para no tenerse que dar vuelta para ver la pantalla?" se preguntará el pobre estadio, que tampoco debe comprender la insistencia de dirigentes y -algunos- hinchas de Peñarol por cambiarlo por un estadio nuevo pero más chico y alejado.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los clásicos eran vividos como una verdadera fiesta. Se almorzaba y se arrancaba para el Estadio, cosa de sacar la entrada sin problemas (nada de comprarla una semana antes en un Red Pagos). Se picaba un poco de papel, se tiraba alguna serpentina, se saltaba cuando la Ámsterdam cantaba "porompompón, porompompón, el que no salta, es Peñarol" y se veía como la otra mitad de la Ámsterdam (generalmente, la mitad más grande) cantaba "hay que saltar, hay que saltar, el que no salta es Nacional". El éxito o el fracaso de un clásico era medido estrictamente en términos deportivos, y no en la efectividad del operativo dispuesto por el ministro del interior de turno. Lo peor que te podía pasar es que Morena anduviera con ganas de patear al arco y Rodolfo quedara con un brazo extendido, pidiendo un offside eterno que solo él era capaz de advertir. Llegabas a tu casa y no tenías 200 mensajes recordándote que habías perdido porque sos gallina, sos pechofrío, sos hijo, no tenés cancha, la tenés pero no la llenás, y vivís de la mentira.

Pero no todo tiempo pasado fue mejor. Pues por aquellos años, ir a ver a la selección era poco menos que un suplicio. Una tarea extrema reservada para los verdaderos amantes del fútbol, lo que derivaba en que -salvo honrosas excepciones- la selección se hubiere acostumbrado a jugar ante un puñado de espectadores a los que rara vez alcanzaba a seducir.

La selección de Tabárez (que podrá ser o no simpático en las conferencias de prensa, cuyos equipos podrán jugar o no de un modo lindo de ver, pero que ya nadie podrá negar como el técnico más exitoso de la historia del fútbol uruguayo) nos devolvió -si es que alguna vez las habíamos tenido- las ganas de ver a la selección. ¿Se imagina lo que sería nuestra vida si tuviéramos una selección acorde a nuestra liga, similar a la que tuvimos -por ejemplo- entre 1991 y 2005?[2]

Nos veríamos obligados y obligadas -como nos vimos- a interesarnos por otros deportes, a memorizar la lista de candidatos presidenciables del Partido Nacional, a ver Yo y 3 Más, o cosas aún peores.
Quiera Alá que Ahmed esté equivocado, y que el Estadio no sea más que una mole de cemento casi vacía, recubierta de asientos incómodos y mugrientos. Pues de esa forma nos sentiremos menos culpables de someterlo a un nuevo clásico en el que lo que menos parece importar es el fútbol. Y nos dolerá mucho menos remodelarlo para el 2030, cuando Tabárez ya no esté y haya que salir a defender el invicto histórico.

Porque así lo manda la historia.


[1] Sin ánimos de ofender a nadie, el Palermo sería un votante de Talamás, el Franzini una señorita fría y pituca con abono en el cine Alfa y Beta, y el Domingo Burgueño Miguel de Maldonado un argentino con casa en José Ignacio.
[2] En esos años, la selección supo ser dirigida, en estricto orden temporal, por: Luis Alberto Cubilla, Ildo Maneiro, Roberto Fleitas, Pichón Núñez, Juan Ahuntchain, Roque Gastón Máspoli, Víctor Haroldo Púa, Daniel Alberto Passarella, Víctor Haroldo Púa otra vez, Juan Ramón Carrasco, y Jorge Fossati. 

14 comentarios:

Lanchita Bissio dijo...

se me ha dicho q a columna MONTEVIDEO BOSTA del dia de hoy no saldría en tiempo x inconvenientes técnicos...veremos mas de noche si es necesario disimular la derrota de Nacional! Saludos

Sinca Bellos dijo...

Muy bueno Sr. director

Kurcovein dijo...

Todo calculado Lanchi, todo calculado.

Kurcovein dijo...

Mut bueno el coso Reches!

Kurcovein dijo...

Por cierto, el sr. guido destila un putismo intergalactico en la foto.

Fito García dijo...

hermoso

zorro d colonia dijo...

Jieden

El Maxi dijo...

Tabárez no es el técnico más exitoso de la historia del fútbol uruguayo. Es uno de los más, pero no el más.
Ta, la tiré.

El Maxi dijo...

Hoy con la aurinegra en el pecho, insultando a todo lo que se mueva desde mi sofá. Mañana, con la objetividad que caracteriza a las crónicas de los lunes de mañana.
Ojalá vuelvan los clásicos de antes algún día Reyes, por el bien de todos

El editor dijo...

Excelente, hay que decirlo.

Alvaro Fagalde dijo...

Ahmed será hincha del Al Gharrafa?

Lostmakers dijo...

Su nombre es Ahmeeeed
Vale 10 palos verdeeeessssss!!
... ... ... ...

Sigan ustedesss!

KABOOOOMMM!!!

Andrés Reyes dijo...

Gracias por el apoyo, amigos y amigas.

Diego Floyd dijo...

Vine a leerla a pesar de que la recomendó el insoportable del gordo Delgado y le dió para atrás el viejo Adusto. Muy rico todo